Nadie que eluda a conciencia las respuestas va hacia el Este. Me refiero al Lejano Este. Ese lugar que existe más allá del sol y antes de las estrellas; el que para los escandinavos ladeaba su pescuezo ligeramente hacia el oscuro norte. Su Utgard. El espacio exterior incognoscible.

El viaje desde el Este: África, Nilo y Mesopotamia

No hay duda, los europeos vinimos del Este. Si no, ¿por qué iba la luz a retomar una y otra vez su mantra de forma tan abnegada? Los más antiguos de los nuestros, curiosos, de tez negra, quizá de ojos claros, se limitaron a perseguir el camino del astro rey. Lo hicieron a través del Nilo, que abunda en casualidades, y avanzaron por el Creciente Fértil hacia Anatolia, y de ahí se dispersaron como pudieron por Europa, entre el espeso manto de hielo, la estepa abierta y una inmensa tundra, hace miles de años.

Somos invitados de paso por estas tierras, extranjeros en suelos desconocidos.

Extranjeros.

Todos somos ese líquido espeso que contienen los tubos de ensayo, forasteros a merced de una selección superior, de un plan natural. Seguramente a Paul Gauguin, que se preguntó no solo hacia dónde vamos, sino también de dónde venimos, le habrían servido de poco los miligramos que hoy en día hacen falta para realizar un análisis bastante detallado del ADN de cada uno, y con ello lograr su propósito de obtener respuestas para aquellas preguntas.

Pinturas rupestres y primeras migraciones humanas
Pinturas parietales (F: ScienceDaily)

Otros, como los nórdicos medievales, entendían la realidad de forma más amplia, más lúcida y, quizá, más aterradora. Para los vikingos no había un aquí y ahora, sino un entretejido fluctuar de espacios conectados y dados por sentados, de fuerzas operantes al unísono, a modo de universos confluentes (que el cristianismo posiblemente convirtió en informes). Ellos, al menos, vivieron deliberadamente.

Migraciones paleolíticas

Somos africanos, cazadores-recolectores que seguían los ríos y las manadas, neandertales sintetizados y ya diluidos entre nuestras células, seres humanos adaptados al nuevo orden postglacial. Somos agricultores y ganaderos neolíticos. También yamnayas. Somos muchos en uno; todos y cada uno de ellos. Un crisol, un vergel, pura diversidad. Perspectivas como la pureza racial o las nacionalidades no son más que fútiles abstracciones, ilusiones grandilocuentes pero insignificantes. Mentiras. Para el proceso evolutivo, sumamos irrealidades propias de mentes exageradas e inmaduras. El humano es una criatura accidental y esclava de un arma cruel: la conciencia.

Cada uno de nosotros es un extranjero en tránsito, que vino y ya se va. ‘¿Os gustaría hallar una nación de un temperamento tan insensible como el que hoy mostráis, que en su furia atroz no os diera un sitio donde alzar la vida?’. William Shakespeare se lo preguntaba elocuentemente en los bellos versos del ‘Stranger’s Case’. Lo hacía a modo de crítica y dentro de un marco subjetivo, algo así como una propuesta para un club restringido y algo obtuso, el nuestro; como si la vida prestara excesiva atención al intelecto del ser humano y sus divagaciones. Imagínense: la vida, que horada las eras. Somos gráciles figuras cautivas de la caverna, divinidades dentro de una pecera, fisgones bípedos y volátiles caminando por mantos fértiles y extremadamente arcaicos.

Foto de portada: Homo sapiens (F: scitechdaily).


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