En las construcciones donde se encuentran los Textos de las pirámides resulta fascinante descubrir la disposición más o menos similar de sus corredores descendentes, las cuales manejan una morfología en forma de T y donde los materiales se van endureciendo conforme nos acercamos al sarcófago del rey, de la caliza de la salida (mirando al norte), al granito y finalmente al alabastro, propio de la cámara funeraria. Y uno se adentra en paredes repletas de escrituras religiosas, de magia y rituales, donde el rey se prepara para un viaje celestial, pero no uno cualquiera, sino parejo al de la segunda aparición primigenia, el ave Bennu, por cierto, se cree que era la garza de Bennu (Ardea bennuides) actualmente extinta.

Representación del ave Bennu, que porta el Atef de Osiris (F: National Geographic)

De nuevo las aves.

Las fórmulas descritas emulan su batir de alas, en este caso mágico, dándole al monarca ese poder, esa capacidad de movimiento, trascendencia y libertad. Por eso la pirámide se orienta de cara al septentrión y hacia las estrellas circumpolares, las que nunca se ponen. El galimatías y los enigmas se disparan con los jeroglíficos grabados en la piedra, los cuales, aun siendo, como todo en Egipto, intencionado, no responden a un orden ni a una determinada función, sino que se constituyen como un cuerpo irregular, dotado de vida propia.


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