Tal día como hoy hace 13 años moría Solitario George, el último ejemplar de otro animal llevado a la extinción por las actividades humanas. Cuando este último macho de tortuga gigante de Pinta, Chelonoidis abingdonii, murió tenía 112 años y era el único individuo que quedaba en el planeta de su especie debido a la caza y extracción antrópica.

De nuevo el siglo XIX fue quien construyó el camino hacia el abismo, por sus ideas y formas de expresión abrasivas, para un animal, en este caso para esta tortuga endémica del archipiélago de Pinta en las islas Galápagos, Ecuador. Además de su caza, una locución más del modelo intrusivo decimonónico, hoy heredado, que resultó letal para Chelonoidis abingdonii fue la introducción de cabras en su entorno, lo cual mermó dramáticamente su ecosistema hasta llevarlo a este y a los reptiles prácticamente a la desaparición.
Antes, curiosamente fue Charles Darwin quien puso la cruz a la tortuga con su expedición en el Beagle, a la que siguieron otras, en donde se normalizó la sustracción y muerte de los quelonios, también a manos del naturalista, principalmente como fuente de alimento y combustible, todo ello sustentado por ese paradigma progresivo de instrumentalización de la naturaleza que tanto daño hizo, ha hecho y está haciendo. Las prácticas de caza se intensificaron y los balleneros arrasaban con las tortugas e incluso las quemaban para eliminar competencia en su gremio, ya que su carne era muy preciada y estos gigantes tenían una resistencia increíble.
Tiempo después, ya bien entrado el siglo XX, George fue hallado, en 1971, y se le reconoció como el último ejemplar que quedaba, siendo así que se intentó su reproducción y después su hibridación, ambas prácticas infructuosas, en el Centro de Reproducción y Crianza de la Dirección del parque nacional Galápagos en la isla Santa Cruz. Aislado y estéril, el suyo fue un lento estertor de extinción, el de los que eran como él.

Falleció en 2012, siendo el hombre la única causa de la eliminación de una especie con una antigüedad de milenios. Emparentada con otras tortugas de las Galápagos, estas son las terrestres vivientes más grandes del mundo, un patrimonio vivo sin parangón del pasado y del presente. Su género, Chelonoidis, seguramente llegó por el Atlántico en el Oligoceno, hace millones de años, pero varias de sus especies, como esta, fueron erradicadas en menos de dos siglos por el ser humano. Por eso George, el último de los suyos, sigue siendo un símbolo de la biodiversidad, hoy acorralada, por el silencio de las democracias occidentales, hasta la extenuación.
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