La cosmovisión escandinava más allá del estereotipo vikingo
Los vikingos y la mitología nórdica son más de lo que pensamos que fueron. Sus gentes han sido enfrascadas dentro de una representación muy abreviada. Son descritos exclusivamente desde la guerra, desde el saqueo y la sangre, presentados a menudo como pueblos sanguinarios e inhóspitos cuya vocación era matar y morir matando. Nada más. Lo cierto es que esa imagen solo responde a una deformación tardía de su verdadera pulsión, es decir, una minúscula voluta de lo que fueron. En la actualidad, aun habiendo perdido el punto de vista de su cosmovisión, sí podemos afirmar que los relatos contados sobre sus gentes y pueblos, en gran parte por quienes sufrieron sus formas de expansión, redujeron al máximo sus valores, creencias y ritmos.
La distorsión europea: crónicas, anales y la construcción del enemigo
Al aproximarnos al legado espiritual vikingo y las tradiciones paganas nórdicas topamos con su leyenda bélica, que opaca su naturaleza riquísima. Sus ataques y matanzas, así como su tergiversación estética en la mayoría de los casos terminan por deformarlos y redefinirlos bajo una interpretación habitualmente tardía y mediante un sinfín de relatos y fuentes escritas realizadas por quienes sufrieron sus ataques. Estas fuentes, como los anales cortesanos de la Europa continental o las Crónicas anglosajonas, suelen penetrar poco más allá de las fechorías nórdicas. Sí lo hacen las sagas islandesas, pero también desde una visión posterior, a partir del siglo XII, y ya bajo influencia del sincretismo cristiano.
Y eso es lo que, equívocamente nos ha llegado. Pero la realidad es otra, o al menos una mayor que aquella.
La oralidad como fundamento cultural en las sociedades nórdicas
Esto último es clave, pues el complejo conglomerado cultural que componían, cargado de acentos y repleto de formas de entender el mundo, la vida y la muerte, bailaba en mayor medida al son de versos inmortales servidos en el altar de la oralidad que bajo el filo de espadas y hachas. Su historia y la cosmovisión escandinava se entienden mejor acercándonos a la medida, rima y ritmo de sus cánticos; o si lo quieren, a la cadencia y expresión en constante oscilación de la poesía y el canto de sus narradores. Por tanto, sabremos más de la cultura vikinga tratando de acercarnos a sus guardianes del saber, a esos a los que los escandinavos escuchaban y en los que se basaban para acercarse a lo que eran, que leyendo sobre la guerra.
Los escaldos: memoria viva y arquitectura del relato
Parte de lo que los vikingos fueron (ya expliqué en ESTE artículo que ese es un término equívoco pero funcional: sirve para englobar desde el presente las heterogéneas sociedades escandinavas en época altomedieval, aunque ellos nunca se sintieran vikingos) lo podemos desentrañar desde aquello que se contaba en sus grandes salones, al calor del fuego; eso que era brillante y efímero por su sentido oral, lo que era contado y recitado y que vivía de forma fugaz en el instante en que era cantado. Hablamos de hazañas, de mitología nórdica, de tradición oral sacra, pero sobre todo de cómo se pronunciaba cada una de sus costumbres. Hablemos pues de lo que rodea a sus cronistas, los escaldos.
Un mundo animado: espíritus, caminos vivos y agencia natural
Los pueblos escandinavos tenían la creencia de que el aire y los caminos estaban vivos y llenos de magia. En los senderos, y entre los árboles y lagos, junto a los lobos y los osos, existían fuerzas ocultas y activas que operaban entre las franjas divisorias de mundos conectados. En las tradiciones paganas nórdicas no existía una visión unívoca para explicar lo que sucedía. Por eso cuando recibieron influencias del Cristo Blanco mostraron resistencia a los conceptos estáticos, y aunque no hay evidencia de que esta resistencia se formulara de manera consciente o teórica, probablemente consideraron sus preceptos como vasijas vacías que alteraban la realidad en su plenitud. Los principales choques con las religiones del libro (aunque las fuentes sugieren que tuvieron un carácter principalmente político y social en su origen, más que estrictamente cosmológico) tuvieron que ver con la falta de movimiento que les atribuían, con la rigidez de sus dogmas, con su ausencia de entendimiento de los tejidos del entorno y su nula capacidad para detectar la viveza del instante.
De ahí la importancia radical que en la ética escandinava poseían los skald (escaldos), algo parecido a unos sacerdotes de la oralidad.

En un cosmos poblado por Otros, donde la naturaleza se constituía tanto por hombres y mujeres como por espíritus y seres oriundos más allá de Midgard, las conexiones entre criaturas de todo tipo eran normales y fluidas. Las prácticas chamánicas o el uso de los rituales y la magia del seiðr -no hay evidencia de que fueran universales en todas las comunidades ni prácticas generalizadas- en ocasiones eran fruto de la cotidianidad de una comunidad, de su ser y estar. Para los vikingos no existía lo sobrenatural, no concurría la necesidad de crear una fe en lo intangible, ni siquiera debían pensar en ello o creer en los dioses (ni estos se lo exigían), porque simplemente sabían que la realidad como tal estaba imbuida de lo que hay aquí y lo que hay allí. Un todo unido, arraigado y actuando al unísono, por propia voluntad.
Forn siðr: ética, costumbre y tejido social escandinavo
La costumbre y la conducta, el Forn siðr, son quienes pueden narrar lo que sucedió, sucede y sucederá. Y el hechicero es quien está capacitado para hechizar al resto, encantándoles con el fin de recuperar la memoria de lo que somos: una descripción orgánica y mutable de la realidad y la verdad. Por tanto, la obediencia y adoración monoteísta seguramente resultaba para ellos un desatino. Los vikingos respetaban a los escaldos tanto o más que a los grandes guerreros; no en vano, eran los encargados de preservar la historia, la mitología y la genealogía de sus pueblos. Es decir, su memoria y eso estaba casi por encima de cualquier cosa.
Poesía, canto y memoria colectiva en la tradición nórdica
De alguna manera, estos hechiceros recordaban los cantos primigenios que se habían quedado en el olvido. Re-cordar, sí, pero como un volver a pasar por el corazón. El escriba, por tanto, es un usurpador para el encantador, mientras que el canto y poesía de este último son las más altas notas sobre gestas para los vikingos. En ambas debe perdurar, de boca en boca, el relato real en su forma natural, mutable. Hablo de un juramento a la oralidad como forma de escenificar lo trascendente de aquello escenificable y, a la vez, vívido. El canto y su poesía son pura expresión de voluntad, naturaleza cíclica y fluida de los espíritus naturales.

La palabra, por tanto, es mortal y va unida al instante, que es único, libre del narcisismo de la eternidad, de la soberbia que corrompe a los seres humanos. Lo recitado es interacción con el entorno, un acto generativo y performativo, de ahí que autores como Hermann Pálsson defiendan que la virtud del escaldo, su encantamiento, reside en su capacidad para atrapar el tiempo y entrelazar la realidad con el mito.
Esta no es una cualidad exclusiva de las culturas nórdicas, pero sí era importante para ellas.
La poesía y el canto son, así, conductos de esa oralidad. La destreza del escaldo reside en su capacidad para recitar un poema que vibre con el viento; cual ser vivo en movimiento. Esa fluidez aprovecha el don y énfasis del recitador, su ritmo, melodía y armonía, para afectar a los oyentes y a los espíritus presentes, recomponiendo una memoria colectiva transformable y transformadora más allá del conocimiento; un algo residente en el espíritu colectivo que da identidad y sentido a la comunidad.
Foto portada: thevikingherald
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