En el siglo III de nuestra era florecieron las peores crisis de la historia imperial romana, pero aún entonces la idea de la Roma victrix seguía siendo una realidad. Su luz, con fisuras ante las presiones internas y externas, entre ellas también las derivadas de la expansión del cristianismo, seguía iluminando una vastísima extensión. Eso sí, Roma supo rápidamente que debía reinventarse de nuevo para sobrevivir. En esos tiempos puede decirse que se avistaba la oscuridad, desde la religiosidad hasta las fronteras con la Escitia y el mundo parto, sin embargo, había fuerzas romanas que se convencían de un hecho: el mundo romano seguía concibiéndose a sí mismo como El Mundo.
La pregunta era obvia: ¿cómo fortalecerlo? Más aún, ¿cómo hacerlo inmortal?
Y ahí llegó el golpe de efecto que aún en la actualidad rige parte de nuestras vidas.
Como Roma, muchas cosas podían cambiar, pero no el sol; el sol siempre permanecía. Incluso superados los primeros síntomas de la desintegración imperial y el intento de recomposición institucional articulado en la tetrarquía, Roma debía prevalecer. Y vaya que si lo hizo. Una civilización tan pragmática como la romana entendió a la perfección la función del astro rey dentro de las necesidades internas del poder, tanto que su caso constituye una depredación ideológica paradigmática que define a Occidente; sin ir más lejos por la simbología asociada a este 25 de diciembre y Jesús.
El golpe de efecto: la simbiosis sobre la religión del sincretismo pagano
Hoy esta fecha marca para multitud de personas el nacimiento de Jesucristo; sin embargo, tiene poco de fecha histórica desde el punto de vista historiográfico en relación con el personaje, a todas luces histórico. Lo cierto es que el 25 de diciembre es una fecha propuesta muy tardíamente y progresivamente asumida por determinadas comunidades cristianas a partir del siglo IV, en función de las prioridades de Roma como catalizadora de un cristianismo acomodado al régimen imperial.
Dicho de otra forma, el canibalismo cultural romano entendió primero que debía homogeneizar para unir y, para ello y entre otras cosas, acabó asociando simbólicamente el nacimiento de Jesús al solsticio de invierno, una festividad pagana inscrita en el culto solar romano y vinculada desde el siglo III al Natalis Solis Invicti. Y así se consiguió superponer e identificar la religión favorecida por Roma sobre los cultos mistéricos.
Se trata de una transposición teológica que convierte al héroe solar con el que se identifica el cosmos grecorromano en mesías judío (Piñero). De esta forma, la nueva religión del Imperio depone al Sol Invictus y crea un Sol de Justicia, incluso a costa de borrar el contenido del Jesús histórico; por otra parte, un judío apocalíptico y estrictamente observante de la Ley.

Este proceso no fue inmediato ni uniforme, sino el resultado de una lenta reelaboración doctrinal desarrollada a lo largo de varios siglos. Constantino y el concilio ecuménico de Nicea —convocado para resolver disputas cristológicas sobre la naturaleza de Cristo y no para fijar fechas litúrgicas como la Natividad; todo ello en un contexto en el que Occidente aún ocupaba un papel secundario frente al Oriente helenístico— fueron figuras capitales en un embalaje mayor y de codificación imperial, el de la Iglesia, quien institucionalizó una simbiosis en la que el clero fue progresivamente integrado en la administración imperial.

Los cristianismos primitivos tenían mucho de movimientos subversivos y apocalípticos. Sin embargo, al dictar el Estado romano los marcos teológicos, considerados legítimos, no solo se logró por parte romana que se diluyeran la oposición y la diversidad interna, sino que se unificó un dogma imperial y universal, es decir, un sistema funcional para la estabilidad política y simbólica del Imperio.
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