Belchite, Ochate, Granadilla o La Mussara, como pueblos abandonados, son mitología contemporánea del ocaso del mundo rural y sus pobladores. Y como con ellos, lo mismo sucede con los pueblos ‘aún vivos’. Aunque son mitos en un sentido opuesto al que debería.

La narrativa moderna obvia el carácter clásico y tradicional de estos lugares. Olvida lo consuetudinario, lo que, por herencia, se debería aprehender y necesitamos preservar de estos poblamientos. Las estructuras simbólicas actuales hacen hincapié en que estos enclaves poseen una vocación retrógrada, amoderna, que están (o lo estuvieron) repletos hasta la médula de pobladores zafios e ignorantes y de territorios y formas de vida improductivas. Para colmo, la configuración reciente sobre el alma rural, especialmente la que proyecta sombras y silencios en el ocaso, ha convertido estos entornos añejos en lugares aislados en los confines, líneas divisorias con la civilización y en sitios propicios para ser refugio de lo sobrenatural e incomprendido.

Casa de pueblo en la cuenca del Duero, Valladolid. (Foto: Javier Álvarez Fariña)

Este injerto proviene, en gran parte, del realismo y naturalismo liberal decimonónico, quien inserta un metarrelato en el que existe un conflicto desigual entre antagonistas. Esas bases ideológicas, íntimamente ligadas a la formación del Estado moderno, jerarquizan e institucionalizan un racionalismo del que beben mitos urbanos actuales y que hacen girar la rueda dejando a un lado la historia y la cultura; sometidas a la retórica de la realidad funcional.

Vaya por delante que hablamos de un relato conveniente, no coherente.

Al final, el resultado es un sujeto contemporáneo ignorante de la composición capa a capa de la tierra que pisa. Peor aún, un individuo que desprecia ese saber, sofocándolo y tirándolo a un lado, lejos del flujo que impone la sociedad de consumo y sus reconocibles coordenadas, hasta el punto que, en efecto, este y la masa no solo dejan que se pierda la sapiencia milenaria de sus ancestros, cayendo esta bajo estratos irrastreables, sino que aceptan la ilicitud de ignorar a conciencia lo que fueron sus antepasados y lo que, por ende, son.

Y entonces, sin referencias, se va perdiendo el ser y estar en el mundo.

La comunidad y sus códigos indistinguibles se difuminan, situando el foco lejos de esas preguntas que siempre han guiado, atormentado y espoleado al Homo sapiens. Parecería esta deriva un hecho superficial, pero este enfoque ya ha calado y tiene una repercusión enorme en nuestra cosmovisión. Se ha perdido el horizonte rural, su ser virtuoso y espiritual, su estar moral y ético. Y eso nos lleva a ser animales más desnaturalizados, como si fuéramos seres distintos a los que somos, como si no perteneciéramos a esa misma naturaleza de la que surgimos y de la que renegamos, como si no hubiéramos pasado más del 99% de nuestra existencia siendo parte de los sistemas naturales de la Tierra. Y nos guste o no, seguimos siendo eso, animales de impulsos, instintos y con un sentido biológico. Nuestros ritmos vitales así lo certifican.

No trato de idealizar el mundo rural, menos aún el que nos va quedando, desfigurado, marginado y asalariado, pero sí intento objetivar el lugar histórico que ese mundo ocupa en nuestro pasado, presente y futuro. Los pueblos no son esas puertas que brillan cual baliza de lo innombrable, barreras para la dinámica -un tanto perversa- del progreso y, por ende, fuente de misterio y enigmas. No, en España los pueblos son lo que fuimos y somos en cualquier fase del tiempo; en memoria, vista y espera, que decía san Agustín.

Casona en ruinas fotografiada en Castilla La Vieja. (Foto: Javier Álvarez Fariña)

Desde el siglo XIX creció la ridiculización y caricaturización del pueblo, de sus costumbres y su relación con el medio natural, asunto este integrado en la Generación del 98, quien presenta lo rural como un lastre. Lo cierto es que hasta el proceso de demolición de legitimidad territorial provocado por las desamortizaciones -donde se suprimen los bienes comunales- y la creación del estado-nación español, el mundo rural fue la verdadera identidad peninsular, repleta de acentos culturales y cargado de dignidad, hasta el punto que estos modos de vivir pervivían y se perpetuaban desde bastante antes de la Edad Media. De hecho, eran, de facto, en gran parte autónomos e independientes (ahí están para demostrarlo los sistemas asamblearios y los concejos abiertos, como el que aún ‘subsiste’ en Villamuriel de Campos -Valladolid-) de otros poderes y formas de organización, fueran regios, feudales o urbanos.

Y eso nos lleva de nuevo al producto de frontera que en la actualidad es lo rural, donde desde cierto punto de vista moderno uno puede adentrarse para explorar lo exótico, misterioso, retrasado o supersticioso, pero no hallar claves de iluminación. Fredric Jameson llamó a este proceso la estetización de la historia por un capitalismo tardío que va dejando residuos e imágenes sin conexión con una estética de masas acrítica. En lo que nos atañe, los pueblos abandonados, los espacios abiertos o poco poblados forman la ‘España vaciada’, un eufemismo con clara intencionalidad (sobre todo política): la instrumentalización cultural del vacío, entendido este como una derrota, lo cual exime de culpas y culpables. Y lo cierto es que, en este asunto, el de nuestra memoria, los hay de tres tipos: históricos, simbólicos y culturales.

En definitiva, la desposesión sistemática del mundo rural, quien gozó de vínculos, saberes y autonomía, se acepta hoy a través de los mecanismos de capital y territorio, y como instrumento de apoyo al desarrollo y el progreso, que no es más que un ramal de una pedagogía del olvido. Y llegará el día en que, como dijo Marc Augé, los no-lugares, esos sin afinidad, homogeinicen un paisaje repleto de un nuevo entendimiento humano de la prosperidad y la riqueza, uno absolutamente vacío de identidad, ancestralidad y sentido del devenir, especialmente para el individuo. Estos últimos parajes rurales serán carcasas vacías donde los programas de misterio tratarán de enseñar lo insólito de territorios donde la cultura y el patrimonio propios, que ya nadie reconocerá, fueron asesinados.

Belchite, Ochate, Granadilla o La Mussara no están encantados, sino encadenados.


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