Debemos a ciertas corrientes griegas, sobre todo a Aristóteles, y a la tradición judeocristiana (Génesis) la voluntad y hasta la necesidad del dominio sobre el resto de seres vivos y el entorno, algo así como la justificación de su explotación. Es común en sendas religiones reveladas -sin ir más lejos, en Santo Tomás de Aquino– expresar la voluntad divina de sumisión de la naturaleza al ser humano, al que se le ofrecen abiertamente el medio físico y sus habitantes para su disfrute. Sin embargo hay otras corrientes cristianas que apelaron por otra lectura distinta, probablemente más excatas científicamente hablando. Curiosamente hoy se celebra el Día Mundial de los Animales y del Hábitat, donde los cristianos honran a San Francisco de Asís, un personaje, si se mira con ojo crítico, disruptivo entre el común uso de la norma canónica con respecto a la naturaleza; una suerte, según las fuentes consultadas, de subversión a la regla.
Dos enfoques y caminos muy diferentes
Santo Tomás de Aquino y San Francisco de Asís representan dos corrientes disímiles dentro de la ortodoxia católica. Para empezar, el primero nació (1225) prácticamente justo cuando el segundo moría (1226), aunque lo importante es que chocan abiertamente en su enfoque de la vida y la fe. Santo Tomás, filósofo, busca una vía de armonización entre la razón y la fe, quedando las dos moldeadas por su teología sistemática. Por el contrario, el de Asís es un místico, cuyo objetivo vital se asienta en cultivar el amor hacia toda la creación mediante la humildad y la pobreza -no lo olvidemos, a imagen de Cristo- como vía de comunión del espíritu con Dios y con todo lo creado.

En el episodio de San Francisco con el lobo de Gubbio, aquel, que se iguala al animal no humano llamándole ‘hermano’, no apela a la maldad del depredador, que no la puede tener, sino a su instinto y, por si no fuera poco revelador, a cómo este se manifiesta equívocamente, de forma distorsionada, cuando el ser humano empuja al lobo a otros medios de supervivencia que no son el suyo, culpando el santo de alguna manera al mismo hombre/mujer de los ‘daños’ del lobo.

Lejos de ser un episodio anecdótico, hoy la etología y la unánime mayoría de estudios académicos a nivel ecológico y biológico al respecto del cánido en la península ibérica certifican que la caza y muerte del lobo y la presión cinegética sobre su estado de conservación deficitario (el número en estos depredadores es de menor importancia que su estabilidad ecológica) no solo repercute negativamente en la dinámica de sus poblaciones y en su comportamiento, sino también en sus efectos sobre la cabaña ganadera o la interacción del cánido con los recursos humanos. A más muertes de lobos, mayor problema, debido en gran parte a la desestructuración de las manadas. Esto, que parece de sentido común, la ciencia lo ha certificado, ya Asís lo esbozaba en el siglo XIII, pero parece que a nosotros (y a Santo Tomás) nos cuesta comprenderlo.
Foto portada: Tierrasantaba
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