“¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicárselo al que me pregunta, no lo sé”.
Tales asuntos se planteaba (en las Confesiones) el que para muchos fue el primer hombre moderno, san Agustín de Hipona, tras su vehemente conversión al cristianismo. Fue una figura de una originalidad extrema y de un calado aún mayor, que nació un 13 de noviembre del año 354 en Tagaste, la actual Souk Ahras, Argelia.
Sin necesidad de ser especialmente docto, la elocuencia de San Agustín es notoria. Su teología se enfrentó a Platón y a la filosofía griega, e incluso precedió en muchos siglos a los debates centrales de Kant sobre el subjetivismo del tiempo. San Agustín observa el tiempo con congoja y, pese a ello, es capaz de categorizarlo con decisión. Desde sus cavilaciones construye una fortaleza sólida que lo resguarda ante las grandes preguntas ¿Qué es? El ser humano interior, desde donde proyecta su teología.

En las corrientes clásicas, Dios (o el Demiurgo) es un ser supremo que se limita a moldear una materia primitiva, actuando como el maestro artesano o el más grande de los artífices. Pero este modelo no le sirve a san Agustín, quien reconstruye la Creación ex nihilo. O lo que es lo mismo, Dios no moldea, crea, y lo hace no desde algo preexistente, sino desde la nada. Sencillamente, no hay un antes de Dios. ¿Qué ocurre entonces con el tiempo? Para él es sin duda una adversidad que, sin embargo, queda subjetivada al hombre. La angustia temporal para Agustín es el pensamiento ocurriendo y sucediendo. El presente lo es todo. Claro que el pasado existe, como el futuro, pero son solo procesos psicológicos y experiencias conscientes del sujeto desde el presente.
¿Qué advertencía hace san Agustín?
Aunque sea bajo un marco de referencia concreto, la consistencia del pensamiento agustiniano es aplastante en su coherencia, se esté o no de acuerdo con el hecho de minimizar el tiempo a un aspecto especulativo. Y por ello, lo que sí podemos hacer es aplicar la extensión mental (distentio animi) de Agustín a nuestra experiencia moderna. Sólo con ello revelamos cómo la percepción actual vive dentro de una extensión fragmentada en sus 3 presentes:
- El presente es distracción y dispersión masiva, una intuición atrofiada donde los estímulos suprimen la experiencia y oprimen la necesidad de hallar el aburrimiento; a este se le observa con pavor por la incapacidad de amasarlo creativamente. Agustín advierte sobre una experiencia suprimida por la necesidad de llenar el vacío.
2. Nuestro pasado, que sería la memoria agustiniana, es tan masivo que se vuelve inconsistente y residual, como un puzle inmenso incapaz de encontrar el sendero hacia la ancestralidad, la virtud o una identidad con propósito.
3. La expectativa futura insinúa un escenario de simulación diseñado con microprocesadores de ansiedad y estrés, acentuados por los infinitos estímulos, el afán de notoriedad o la marea de la banalidad. Agustín quizá nos preguntaría directamente si nuestra proyección interna está atrofiada en favor de la simulación externa.
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