¿Y si la destrucción de los templarios fue, en última instancia, 'culpa' de las invasiones lombardas sucedidas siglos antes de las Cruzadas?
¿Qué ocurrió exactamente con la Orden del Temple?
En el día de hoy, 22 de noviembre, se conmemora la infamia del poder regio y la colaboración papal contra una Orden del Temple que vio su historia cercenada un 18 de marzo de 1314, cuando Jacques de Molay y Geoffroy de Charnay fueron quemados vivos en la hoguera. Este atroz desenlace suena como un eco en el presente (lo será entre quienes llaman a tiranos sin haber padecido una tiranía) invocando la lógica del Caos formulada por Edward N. Lorenz en los años sesenta.

Seguramente nadie miró hacia los Lombardos como origen remoto de la caída estrepitosa del Temple en su disputa ante los poderes imperantes en la Europa de comienzos del siglo XIV, pero lo cierto es que el Caos y su efecto mariposa intervinieron para que esto sucediera. En el año 751, ese pueblo germánico, bajo el mando del rey Astolfo, conquistó el exarcado de Rávena y puso fin a la presencia bizantina en el norte de Italia. Este hecho salvó al papado y desencadenó, cinco siglos y medio antes, un torbellino de acontecimientos que creó a los Templarios y, a la vez, los sentenció.
Lo que nos parecerá algo banal tiene una repercusión radical en lo que somos y creemos. Vamos a explicarlo.
La Iglesia católica y el Papa deben ‘todo’ a los Lombardos
Sin la invasión lombarda, el Papa jamás habría obtenido la independencia de los emperadores griegos, como le sucedió a la iglesia de Oriente. El sumo sacerdote de Occidente obtuvo una autonomía de fluctuaciones seglar que en Oriente jamás se consiguió, además de una autoridad única, la cual tampoco fue posible entre los distintos poderes que representaba cada patriarcado.
Pasando por alto las Falsas Decretales o las Donaciones de Constantino, así como el analfabetismo de la población, aquella invasión germánica y la respuesta carolingia reconfiguraron el mapa de poder. Entre otras cosas, esas consecuencias crearon las condiciones para que el papado desarrollara, a lo largo de la Edad Media, un ascendiente político y espiritual que acabaría siendo determinante —de forma indirecta pero real— en el surgimiento y, al mismo tiempo, el ocaso de la propia Orden del Temple.
Del amor al odio
Desde aquel sistema caprichoso y determinado que representaban os emperadores y que rompieron los Lombardos, se avanzó hacia lo impredecible, siglos después: una institución capital en la Europa occidental (la Iglesia como la conocemos). Y, ya insertos en las variaciones no lineales del concepto caótico de Lorenz, a otros pasos aún menos previsibles. Así, esa Iglesia, ya poderosa, activó la Primera Cruzada (1095), la de Urbano II, lo que a su vez condujo en 1120 a la creación del Temple por Hugo de Payns y otros pocos caballeros libres. Del mismo modo y paradójicamente, tras dos siglos de ascenso acentuado de los ‘Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón‘, la Igleisia, que había creado el Temple, descargó las llamas sobre la orden militar, aplastándola. Esto sucedió ese año de 1314, en el que son asesinados en la Île de la Cité el Gran Maestre y el preceptor de la orden religiosa militar más poderosa de la época.
Los caminos de la desobediencia conducen a las llamas
Adentrándonos en los hechos vemos que cada uno de estos giros históricos nos llevan a la bula Pastoralis praeeminentiae del Papa Clemente V contra los templarios en toda la cristiandad, formulada un 22 de noviembre de 1307 (hoy, su aniversario). Curiosamente, esta se emite por las presiones que Felipe IV, rey de Francia, imprime sobre el sumo pontífice, al que básicamente obliga a condenar a la Orden del Temple. Felipe IV había decidido destruir a los templarios porque su gran poder e influencia impedían su designación como rex bellator (según la enunciación de Ramon Lull, también para Jaime II de Aragón), rey guerrero para todas las fuerzas cristianas.
Precisamente, Jacques de Molay, el Gran Maestre templario, se opuso a esta formulación del monarca franco (también del aragonés), lo que suponía un obstáculo para el rey francés, ya que los Pobres Caballeros de Cristo operaban autónomamente por orden del Papa, es decir, bajo su propia autoridad militar y legitimidad espiritual, no sujetos a caudillo alguno.
Esta presión francesa sobre el Papa y acto seguido del papado sobre el resto de monarquías europeas propagó al poco tiempo el número de detenciones y torturas de caballeros templarios, con sentencias a la hoguera sucesivas, especialmente en Francia. En 1312 se proclamó la bula vox in excelso, que suprimía oficialmente la Orden del Temple y el proceso culminó con la citada condenación al fuego de Jacques Molay y Geoffroy de Charnay.

La maldición
La Historia del Temple acaba aquí, pero no la tradición legendaria. Habitualmente se ha venido contando una leyenda que, si bien carece de confirmación histórica, desde luego contiene una enorme fuerza narrativa, y lo que es más importante, resulta convincente. En ella, el condenado relapso, Jacques de Molay, quien se había retractado de su confesión, proclamando la inocencia de la Orden, lanzó una maldición contra sus ejecutores justo antes de morir. La maldición llamaba al monarca y al pontífice a comparecer ante el Tribunal de Dios en el plazo de un año por su afrenta y sus mentiras, y ambos murieron poco tiempo después.
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