¿Y si la destrucción de los templarios fue, en última instancia, ‘culpa’ de las invasiones lombardas sucedidas siglos antes de las Cruzadas?
¿Qué ocurrió exactamente con la Orden del Temple?

El 22 de noviembre de 1307 el papa Clemente V emitió la bula Pastoralis praeminentiae, una orden que, aunque ordenaba la detención de los templarios y el embargo de sus bienes, en realidad iba a condenar al Temple a desaparecer. El sumo pontífice se había plegado a los deseos del monarca francés, Felipe IV el Hermoso, que ansiaba quitarse de en medio a la Orden del Temple por factores políticos y económicos. Con su sentencia, Clemente V obligó a todos los monarcas cristianos a capturar a los integrantes de la orden monástica militar y a proceder a la incautación de todos sus bienes.

Años más tarde, la Orden de los Pobres Compañeros de Cristo del Templo de Salomón vio su historia cercenada un 18 de marzo de 1314, cuando Jacques de Molay y Geoffroy de Charnay fueron quemados vivos en la hoguera.

Este atroz desenlace viene precedido de un hecho singular y contradictorio que permitió al papado no solo sobrevivir, sino perdurar y ganar poder en Europa, algo que, en gran parte y de forma indirecta, deben a un tumultuoso pueblo germánico y sus afanes de buscar nuevas tierras seis siglos antes de que ocurriera la afrenta templaria.

De alguna manera, es como si sonara un eco invocando la lógica del Caos formulada por Edward N. Lorenz en los años sesenta del siglo XX.

Tortura de De Molay por parte de verdugos del Papa y el rey francés. (F: grantpiperwriting)

El Caos : del auge del papado al nacimiento del Temple

Lejos de caer en determinismos, seguramente nadie miró a los lombardos como origen remoto y en último término de la caída estrepitosa a largo plazo del Temple en su disputa ante los poderes imperantes en la Europa de comienzos del siglo XIV. No obstante, lo cierto es que el Caos y su efecto mariposa que provocaron en cierta forma sí intervinieron en favor de la Iglesia y en contra del Temple. Lo que en Historia se denomina causalidad, había comenzado a actuar centurias antes de la era templaria y en contra de sus intereses.

La Iglesia católica y el Papa deben mucho a los Lombardos

En el año 751, ese pueblo germánico, bajo el mando del rey Astolfo, había logrado conquistar el exarcado de Rávena. Algo que, en apariencia, podría resultar en amenaza para el papa, de pronto supuso un impulso único que permitió a la Iglesia Católica amasar todo el poder que consiguió durante los siglos posteriores, que llega hasta el presente.

Pero, ¿cómo?

Los germanos, con aquella conquista italiana, pusieron fin a la presencia bizantina en el norte de Italia. Este hecho abrió una crisis que acabaría reforzando alpapado y desencadenó, cinco siglos y medio antes, un torbellino de acontecimientos que creó a los Templarios y, a la vez, los sentenció.

Lo que nos parecerá algo banal tiene una repercusión radical en lo que somos y creemos. Vamos a explicarlo.

Sin la invasión lombarda, el papa no habría obtenido la independencia de los emperadores griegos, como le sucedió a la iglesia de Oriente. El sumo sacerdote de Occidente obtuvo una autonomía que en Oriente jamás se consiguió, además de una autoridad en exclusividad, la cual tampoco era posible entre los distintos poderes que representaba cada patriarcado griego.

Tras la victoria lombarda, el papa, lejos de agradecer esa concesión a los bárbaros, pidió auxilio a Pipino el Breve y posteriormente a Carlomagno, que los derrotó. La operación resultó extraordinariamente beneficiosa para el pontificado, y pronto el Viejo Mundo iba a sentir las consecuencias.

Pasando por alto las Falsas Decretales o las Donaciones de Constantino, así como el analfabetismo de la población, aquella invasión germánica y la respuesta carolingia reconfiguraron el mapa de poder. Entre otras cosas, esas consecuencias crearon las condiciones para que el papado desarrollara a lo largo de la Edad Media su preponderancia política, filosófica y espiritual. Paradójicamente y si invocamos la teoría de Lorenz, la recién adquirida independencia papal acabaría siendo determinante —de forma indirecta pero real— en el surgimiento y, al mismo tiempo, en el ocaso de la propia Orden del Temple.

Desde aquel sistema de dependencia imperialque representaban los emperadores griegos y que rompieron los lombardos, se avanzó, siglos después, hacia lo impredecible: un poder independiente ­—la Iglesia y el papa—que sobrevivió al carolingio —como hiciera antes con el Imperio Romano— y se apropió del monopolio de la salvación ultraterrena de reyes, nobles y pueblo.

Del amor al odio

Hemos de saltar unos siglos hacia delante para ver esta concatenación de acontecimientos. En 1095, el papa Urbano II activó la Primera Cruzada en Clermont, lo que a su vez condujo en 1120 a la creación de la orden militar, cuyos miembros iniciales fueron Hugo de Payns y otros pocos caballeros libres más. Esa Iglesia había permitido la aparición del Temple, cuyo propósito originario fue proteger a los peregrinos en su viaje a los santos lugares.

Pero el Temple se convirtió en un poder en sí mismo, obteniendo influencia, donaciones y capacidad para constituirse como una potencia autónoma, al menos a ojos de los monarcas europeos. Y eso era inaceptable para los poderes regios.

Tras dos siglos de ascenso acentuado de los ‘Pobres Caballeros de Cristo y del Templo de Salomón‘, la Iglesia descargó las llamas contra una orden que ella misma había protegido y privilegiado durante dos siglos. Esto sucedió ese año de 1314, en el que fueron ejecutados en la Île de la Cité su Gran Maestre y el preceptor de la orden religiosa militar más poderosa de la época.

Felipe IV, Clemente V y la caída de los templarios

Adentrándonos en los hechos, vemos que cada uno de estos giros históricos nos llevan a esa bula de Clemente V, a su vez forzada por Felipe IV, rey de Francia. Felipe IV había decidido destruir a los templarios por motivos meramente materiales y entre otras cosas porque, según algunos autores, el gran poder e influencia del Temple impedían su designación como rex bellator (según la enunciación de Ramon Lull, que también serviría para Jaime II de Aragón), una especie de rey guerrero para todas las fuerzas cristianas.

Precisamente, Jacques de Molay, el Gran Maestre templario, se había opuesto a esta formulación del monarca franco (también del aragonés), lo que suponía un obstáculo para el rey francés, según algunas interpretaciones. No en vano, los Pobres Caballeros de Cristo operaban autónomamente por orden del Papa, es decir, bajo su propia autoridad militar y legitimidad espiritual, no sujetos a caudillo alguno.

Sin embargo, el rey francés sí tenía potestad para amenazar al papa. Y lo hizo.

Esta presión francesa sobre el papa surtió efecto. El papado presionó a su vez al resto de monarquías europeas y al poco se sucedieron el número de detenciones y torturas de caballeros templarios, con sentencias a la hoguera sucesivas, especialmente en Francia. En 1312 llegaría el punto de inflexión que había iniciado la bula Pastoralis praeminentiae, proclamándose otra bula, la Vox in excelso, que suprimía oficialmente la Orden del Temple. El proceso definitivo culminaría con la citada condenación al fuego de Jacques de Molay y Geoffroy de Charnay.

Ilustración de Jacques de Molay, último Gran Maestre del Temple. (F: NG)

La maldición de Jacques de Molay

Pero incluso el Caos se guarda ases en la manga.

La historia del Temple debería haber acabado ahí, pero no lo hizo. Al menos su tradición legendaria fue mucho más allá. Habitualmente se ha venido contando que el condenado relapso, Jacques de Molay, quien se había retractado de su confesión, proclamando la inocencia de la Orden, lanzó en el último instante, antes de la muerte, una maldición contra sus ejecutores, a los que auguró una muerte temprana. Concretamente la maldición llamaba al monarca y al pontífice a comparecer ante el Tribunal de Dios en el plazo de un año por su afrenta y sus mentiras.

Y efectivamente ambos morirían al poco tiempo.


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