Medio siglo se cumple desde el estreno, un 19 de noviembre de 1975, de la película de Miloš Forman ‘One Flew Over the Cuckoo’s Nest’. En este, un largometraje excepcional, que aborda de forma cruda y cómica la locura y su marginalidad social, destaca, una vez más, la fantástica actuación de Jack Nicholson, aunque existen otras numerosas causas por las que ver esta ficción nunca es tiempo perdido. Una de las menos conocidas es la que relaciona la obra con hechos siniestros y a la vez históricos acaecidos en Estados Unidos durante las décadas de los años cincuenta y sesenta.
Trece años antes, en 1962, había salido al mercado el magistral libro homónimo de Ken Kesey que se convertiría en la base de la obra de Forman. Kesey, escritor estadounidense nacido en Colorado, narraba hechos de un hospital psiquiátrico de Oregón. Su obra diseccionaba los fallos de las instituciones y los enfoques psicológicos de la época, todo ello bajo un eco contextual muy concreto: el Movimiento por los Derechos Civiles. En el libro, la oscuridad descrita era bastante personal: Kesey había experimentado de primera mano los sucesos que luego describiría, concretamente lo había hecho trabajando como auxiliar en un centro de salud mental en Menlo Park, California.
La realidad supera (con creces) la ficción
Pero el ambiente tenebroso narrado iba más allá: se adentraba en las entrañas pavorosas del organigrama gubernamental norteamericano en plena Guerra Fría. ¿Cómo? Kesey hizo de cobaya humana con LSD y diferentes sustancias psicoactivas, seguramente para el programa ‘MKUltra‘, enmarcado en el conjunto de proyectos secretos y experimentos de control mental de la CIA. Junto a este proyecto, también existió un homólogo en el departamento de Defensa de Estados Unidos, el ‘Edgewood Arsenal‘, y ambos fueron llevados a cabo durante esas décadas de 1950 y 1960.

Desclasificados y esclarecidos, sendos programas son catalogados en la actualidad como ‘terrorismo de estado institucionalizado’; o lo que es lo mismo, torturas financiadas con impuestos y ejecutadas con total impunidad. En el caso concreto del programa MKUltra, debemos focalizar nuestra atención principalmente en tres figuras. Una, la más difusa, la del trigésimo cuarto presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower; otra, la de un extravagante doctor en bioquímica, apodado el Hechicero Negro, de nombre Sidney Gottlieb, y por último debemos hacer énfasis en la del ideólogo del programa, el primer director civil de la CIA, Allen Dulles.
El jardín de la locura
Al calor del ‘New look’ de Ike, es decir, la nueva política de seguridad nacional de la administración de Eisenhower, Dulles y Gottlieb no solo tuvieron manga ancha para implantar sus experimentos ilegales de control mental, sino que desarrollaron una red mafiosa e institucional de tortura a gran escala. Esta tenía dos pilares, dominación absoluta de la mente humana, para después crear asesinos programables y amnésicos que pudieran eliminar enemigos incómodos.
Como ven, alejándonos de la ficción, el término locura empieza a ser muy laxo y desde luego su elasticidad nos habla de una realidad inimaginable.
La impunidad de la que gozó el programa le permitió drogar a todo tipo de ciudadanos sin su consentimiento, desde criminales y prostitutas a enfermos mentales y sus propios empleados. Gottlieb creó una red de burdeles como fuente de experimentación, los Midnight Climax, en la que los individuos drogados, sin ellos saberlo, con LSD y otras sustancias reactivas, eran grabados en situaciones de máximo pico de estrés y/o excitación.
El caso estalló mucho tiempo después tras la exhumación del cuerpo de Frank Olson, un científico de la CIA que se suicidó en 1953 tras haber sido drogado con sustancias alucinógenas. Pese a que, años más tarde, Richard Helms, el director de la CIA en 1973, mandó destruir los archivos de MKUltra, irregularidades en la fase de eliminación (con informes que se salvaron por casualidad, debido principalmente a su movilidad) permitieron hallar una relación en la que, lógicamente, ni se han reconocido ni se han incriminado a culpables.
De modo que con ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ uno puede explorar de forma radical la institucionalización de la locura en una época poco dada a la cordura. Y, de hacerlo, lo hará de la mano de un entrañable criminal de poca monta, Randle Patrick McMurphy (Nicholson), quien encarna al individuo desobediente que trata de mantener su identidad frente a una maquinaria diseñada para convertir a las personas en cascarones obedientes.
Pero no solo eso. También podrá sentir el espectador la cara visible de esa maquinaria que exige sumisión absoluta, encarnada en la enfermera Ratched, el alter ego ficticio de hombres muy reales y muy poderosos como fueron Gottlieb y Dulles. Y así iremos más allá del villano para asomarnos a un sistema de manipulación, el estadounidense, que basa su legitimación paternalista en inocular la cultura del miedo, procesada como forma de control de masas. Lo vemos en el largometraje, en un ambiente de marginados de la sociedad, esclavos de algunos de los más oscuros y desconocidos rincones de las instituciones mentales americanas de la época.
Ahora bien, hay pinceladas gruesas para un caso real. Al fin y al cabo, no olvidemos que Kesey no tuvo que imaginar ese infierno, lo vivió, básicamente porque fue financiado a conciencia por el gobierno de EE.UU. justo cuando el escritor trabajó en Menlo Park.
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