John Douglas relata en su excelente libro ‘Mindhunter’ la fascinación que Charles Manson consiguió generar a su alrededor, tanto durante el periodo de actividad de su familia criminal a finales de los años 60, como durante la década de los 70. Su atractivo y magnetismo lo llevaron a implantar métodos y prácticas extremas de control mental. Sin embargo, Manson no ha sido el único en lograr ejercer un macabro dominio sobre sus discípulos. De hecho, su caso palidece ante el de otros líderes carismáticos de sectas que fueron mucho más allá, como Jim Jones y David Koresh.
Cuando Douglas cita sus entrevistas en San Francisco con Manson no solo habla del pavor y hechizo que su figura generaba en la sociedad, explica que en el FBI de la época había obsesión con su figura. Él lo sabía bien, pues lo entrevistó cuando la ciencia del comportamiento dentro del cuerpo gubernamental echaba a rodar fruto del impulso de sus investigaciones de campo. No obstante, los asesinatos de Cielo Drive y del matrimonio LaBianca en Los Ángeles en 1969 apenas rozaron la superficie de la desdicha que alcanzó la masacre que perpetró Jim Jones unos años después en Jonestown.
El Templo del Pueblo y el terror
La historia de Jim Jones, James Warren Jones, es controvertida y, al mismo tiempo, vertiginosa. Su interés por la religión fue manifiesto desde su juventud, así como sus dotes oratorias. Ambos aspectos, años después, lo llevaron a iniciar su actividad junto a su esposa, Marceline Baldwin, creando la Familia Arcoíris, que terminó atrayendo a numerosos feligreses y desembocó en la formación del Templo del Pueblo. La secta amigable convertida en infierno.
Jones se consideraba un redentor, decía ser de ascendencia cheroqui y albergar la esencia del espíritu de figuras como Jesucristo y Buda. Lo que está claro es que poseía una influencia notable (llegó a estrechar lazos y amistad con la esposa del presidente Jimmy Carter, Rosalynn Carter), amasó un poderoso patrimonio y recibió el apoyo de otros prominentes líderes en la lucha por los derechos civiles, como el fundador de los Panteras Negras, Huey Newton. Es más, Jones y su movimiento, el Templo del Pueblo (fundado en 1954), se erigieron en adalides de las luchas raciales (la mayoría de sus seguidores eran negros) y de defensa del individuo ante el abandono institucional.
Y para ello adoptó ciertas ideas fraternales y utópicas de matiz socialista y cristiana, aunque pronto el idealismo se convirtió en el culto al líder, y de ahí en un cuello de botella pseudoreligioso que llevaría a trágicas consecuencias.

Enamorado de Guyana, fue allí donde Jones perpetró el mayor suicidio-asesinato masivo de la historia de la humanidad, al menos de la documentada. Sucedió el 18 de noviembre de 1978, cuando 913 personas bebieron o fueron forzadas a consumir cianuro. Un cuarto de ellas eran niños, algunos recién nacidos, a los que se les inyectó el veneno. La acción se precipitó cuando seguidores de Jones asesinaron al congresista norteamericano Leo Ryan y varios allegados, quienes, a su vez, habían intentado arribar en Georgetown para salvar a miembros de la secta que estaban descontentos.
En total, se estima que murieron 909 estadounidenses y 4 guyaneses.
El Reino de la muerte
Al igual que Jones, David Koresh, quien realmente se llamaba Vernon Wayne Howell, se creía un ser especial. Al menos así comenzó a manifestarlo a principios de la década de 1980. En 1983, Koresh creía ser un elegido, una convicción que, lejos de amainar, iría creciendo y no abandonaría. Por ejemplo, esta seguridad no se alteró cuando tomó a la sexagenaria Lois Roden como su mujer, con la que, según afirmaba, tendría un hijo elegido. Esta unión lo llevaría a un enfrentamiento con el hijo de Roden, también miembro de la secta. Eso no lo inmutó. Y tampoco cambió cuando adquirió plena conciencia de que las profecías judaicas indicaban que él era un nuevo profeta y debía guiar a su pueblo hacia la iluminación, estableciendo un Reino Davidiano en el Centro Monte Carmelo, en Waco, Texas.

Koresh fue desarrollando su visión del Apocalipsis, sometiendo a sus fieles de la Asociación General de la Rama Davidiana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Una vez tomó el poder absoluto, sus delirios no hicieron más que aumentar. Se identificó con Ciro II el Grande y se erigió como caudillo de las huestes contra la Babilonia moderna: Estados Unidos. Tras la muerte de Roden, tomó como concubinas a menores de edad (en su secta las niñas de 12 años eran maduras) y reunió en torno a su comunidad no solo a individuos adultos, sino también a un amplio número de niños y niñas.
El problema se agravó cuando el grupo de Koresh se atrincheró en su búnker en el rancho Monte Carmelo con un arsenal valorado en cerca de un cuarto de millón de dólares. Y es que habían estado involucrados en la compraventa de armas ilegales durante un largo periodo de tiempo, lo que permitió al grupo poseer un armamento colosal.
Koresh estaba preparado para morir matando, y así lo demostró.
El 28 de febrero de 1993 las autoridades decidieron cortar la actividad de Koresh. La Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF) fue la encargada de movilizarse con una acción que, para vergüenza de las autoridades y estupor de la sociedad, terminaría convirtiéndose en un asedio de 51 días.
Durante esos días, con sangrientos intercambios de disparos entre los sectarios y las fuerzas de seguridad, Koresh permitió la liberación de algunos fieles, sobre todo niños, pero el 23 de marzo cambió de idea, afirmando que él “era Dios”. El caos reinó durante la fase final del asalto al complejo davidiano, con la tensión creciendo por momentos, hasta que el 19 de abril las fuerzas terrestres asaltaron el edificio donde se encontraban Koresh y sus seguidores, empleando gases lacrimógenos y tanques, con un operativo más propio de una guerra. El asalto se prolongó durante horas, hasta que el edificio ardió y las llamas arrasaron con lo que quedaba de Koresh y los sectarios.
Murieron 86 personas (17 de ellas, menores) y el origen de las llamas aún hoy es controvertido, como la decisión y los métodos del asalto.
Foto de portada: FBI desclasificado. (F: Vice)
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