Aquél que creó el orden para desmembrar el caos sepa que él mismo será caos en tierra extraña.

Carlomagno, como Julio César antes que él, era un usurpador de ese caos, un garante del orden. Su orden. Porque si al emperador franco le quitamos la pátina que lo positiviza, si nos separamos de la estratificación cultural situándonos en campo neutral, podemos decir que fue un conquistador, en efecto, aunque también un agente de miedo, un destructor de los espacios sagrados y las culturas locales. Él seguramente no lo negaría, pues su objetivo, como el del primer césar, fue claro: vencer lo antagónico desde la erradicación de la cohesión social del oponente.

No en vano, a él se atribuye la demolición de la columna que sujetaba el mundo, el otro mundo.

En realidad, Carlos I el Grande fue un producto de Carlos Martel, hábil mayordomo de palacio que se convirtió en caudillo de los francos y héroe de Poitiers. Tras él y como continuador de la tradición de su abuelo, Carlomagno se aferró a su momento cuando este llegó. Eliminó posibles disidencias internas y externas, lo que incluye a su familia, para consolidar su mando sobre Europa Occidental y Central. A la vez adquirió una obsesión por vincular su reinado a la herencia romana cristiana, una iniciativa que sería clave en la consolidación del poder de la propia Iglesia, al hallar esta, tras la ocupación lombarda, la independencia de Bizancio.

Y ese legado transformó a Carlomagno en un ontocida.

¿Y qué diablos es esto?

Cuando se elimina la posibilidad de que el otro sea en su propio mundo. Eso es justo lo que Julio César y Carlomagno hicieron con los galos y los germanos, respectivamente. Para estos últimos, la extensísima guerra que llevó el emperador franco-lombardo a sus tierras arruinó su mundo, y citamos al militar romano porque los métodos del rey franco se asemejaron mucho a los de Julio César, puestos en práctica ocho siglos antes (Guerra de las Galias). ¿Cómo? Desde el 772 hasta el 804 d.C., Carlomagno trató de aniquilar el patrimonio sajón.

Si Julio César arrasó y quemó los frondosos bosques donde palpitaba el corazón galo, los nemeton, enclaves desde los cuales emanaba toda la sabiduría y ética de las tribus celtas, Carlomagno comenzó su guerra contra los sajones destruyendo el Irminsul, el árbol sagrado (o tronco) que veneraban los germanos. Lo hizo en ese mismo 772, tratando de demostrar su desprecio por las creencias paganas, las cuales debían someterse a su yugo y su cruz, a la fe cristiana. El golpe a las tribus germanas fue devastador, como narra Rodolfo de Fulda, un cronista del siglo IX, pues el Irminsul, situado en Eresburg, era más que un símbolo, mucho más: al igual que su primo, el Yggdrasil vikingo, este árbol era la columna que sujetaba el mundo sajón. «Universalis columna quasi sustinet omnia«, dice Fulda.

Carlomagno manda destruir el Irminsul (F: obra de Heinrich Leutemann)

Y, como ocurriera con el general de la República, la presión de Carlomagno sobre los sajones no acabó ahí.

Anulación del oponente

Carlomagno realizó auténticas ignominias entre la población germana, con campañas de castigo severísimo en su población, por ejemplo, decapitando a 4500 hombres en la Masacre de Verden, o realizando deportaciones masivas, todo ello con el fin de saquear las riquezas de sus santuarios, cristianizar a su gentes, asimilar la nobleza de estas tribus, pero especialmente con el propósito de limpiar todo rastro de su cultura, una otredad incómoda. En total fueron 32 años de guerra y sangre, de presión hasta la extenuación de sabidurías del otro mundo; esas sabidurías que Julio César y Carlomagno se esforzaron por diluir.

Llegado este punto uno se pregunta la razón de que nuestro subconsciente entienda estas agresiones como gestas civilizadoras; de que, sin evocar nuestra consciencia, nos posicionemos en favor de ciertos conquistadores. En parte se debe a la propaganda que realizan de sus actos caudillos como Julio César o Carlomagno -en sus correspondientes casos con el ‘De Bello Gallico’ y el ‘Vita Karoli Magni’ (escrito por Eginardo)- sin embargo no todo proviene de ahí y algunos rasgos de aquellos rastros nos interpolan aún hoy.

Pensemos, leyendo estos relatos y sucesos del pasado, ¿no nos está exigiendo de nuevo la historia una reflexión? ¿No nos envía advertencias? ¿Acaso en la actualidad no operan estos parámetros de distorsión bajo el paraguas de dogmas como el excepcionalismo, la defensa de los valores occidentales o el Destino Manifiesto? ¿No ha campado a sus anchas esta retórica por el siglo XX? ¿No lo hace por el siglo XXI?  

Foto portada: Carlomagno hace que el caudillo sajón Widukind se rinda y se bautice. (F: arrecaballo, autor Graham Turner)


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