Lo que caracteriza a los amigos es su tótem. Todos los grupos lo tienen. Cuando la cultura popular masiva trata de irradiar sus objetos sobre esa camarilla de parentesco ficticio -como lo denominó Radcliffe-Brown– choca con la línea de frontera de la tribu. Esto supone que la materia prima globalizada, esa cultura popular, permea en el conjunto tribal como el haz de luz en un prisma. La marea de los mass media sufre una refracción característica al colisionar con ese muro del clan y sus rayos resultantes se enfrentan a la asamblea de iguales (sabios), que invocará la trama de significaciones de la tribu para descomponer y acomodar el mensaje.
Esa es la fase de mediación simbólica de la cuadrilla: el grupo decide no solo qué significa cada cosa que ha llegado dentro de su propia identidad, sino que la tribu transformará su contenido para proyectar una nueva definición, por afinidad, de aquello.
Los objetos más antológicos son desfigurados y elevados a la categoría de emoción colectiva, es decir, mecanismos totémicos recurrentes, a través de los cuales se va a exaltar la misma identidad grupal.
El grupo
Este gregarismo opera bajo unos códigos donde las jerarquías se diluyen en roles. Aquí la sociedad normativa pierde su poder. La pequeña comunidad instaura su propia actitud cariñosa de acuerdo a signos de supervivencia emocional. Si existe un gracioso y un loco, si hay un líder, un gruñón o podemos hallar al curioso, no es por azar, son nichos ecológicos, defensas inmunológicas orgánicas de la tribu: sin uno de esos elementos, el conjunto colapsaría bajo la presión externa. Su funcionamiento responde a un marcaje heredado, más endeble pero similar al de las manadas de lobos. Engranajes atávicos, en gran medida biológicos. Algo así como un resorte funcional que pertenece a la etología humana y sus agrupaciones ancestrales.

Estas relaciones profundas no son gratuitas. Marcel Mauss advertía que con ellas se adquieren deudas simbólicas, las cuales, a su vez, permiten una red incesante de intercambios —dar, recibir y devolver— que generan cohesión social y, como lo veía Piotr Kropotkin, apoyo mutuo. El paraguas que da cobijo y fortaleza. Lo que fuera es extraño o juzgable, dentro de la tribu adquiere significado. El grupo permite al individuo proyectar sus pasiones sin miedo al juicio externo. Pero hay una condición: a diferencia de los lazos de sangre, este parentesco ficticio solo exige la aceptación (o sumisión) de una costumbre casi sacra, tras la cual, si su linde es traspasada o mancillada, se camina hacia el exilio.
Esa línea roja es la lealtad. Sin ella, la articulación se parte.
El mundo de las amenazas sobre el pequeño mundo
El ruido digital, el individualismo tecnológico y la sobreexposición a la cultura de masas ha convertido aquel haz de luz en una tormenta de fotones que amenaza con resquebrajar la aduana simbólica de la tribu, sus códices consuetudinarios. La formación mecánica de la sociedad, su capacidad de estabular, ha llegado para atacar la vida real y orgánica comunitaria, intentando imponer lo individual sobre ese refugio sagrado que es lo común.
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