El ser humano siente una auténtica fascinación por el terror, el misterio, la aventura y el crimen. El coqueteo con la vida de las figuras que habitan los límites nos induce también a fantasear con sus impulsos, quizá por un deseo reprimido de explorar nuestros instintos más básicos. Aunque, como argumentaba Mary Douglas, la sociedad necesite mantener el orden social (y emocional) catalogando como foráneos a esos habitantes marginados de aquellos espacios recónditos, el yo es otra cosa, algo con búsquedas en la intimidad más básicas e indiscretas.

Y entre ese portillo del fisgón se cuela un encantamiento insólito. Previo a los westerns y el true crime, incluso antes del pulp, la adoración por lo monstruoso, lo exótico y la desobediencia era ya extremadamente popular y se consumía por entregas.

Sensacionalismo y morbo desde el siglo XIX

Recursos como los cliffhangers, el hard-boiled y, más tarde, ambientes ideados en los Weird Tales o la revista Black Mask, fueron los antecedentes de la cultura popular contemporánea que hoy se consume de forma fragmentada en las plataformas de streaming. El acceso y gusto masivo por las historias de crímenes, espanto, dramas y aventuras vino dado por el bajo coste y la necesidad del pueblo de comprar sus propias historias.

Weird Tales: 100 Years of Weird. (F: Amazon)

Eran historias directas de acción e impacto sentimental para una literatura en masa basada en los “acantilados emocionales”: finales abiertos, promesas irreprimibles y verosímiles hechos aterradores. Publicaciones como los Penny Dreadfuls, que costaban un penique en Londres; los Dime Novels, a diez centavos en EE. UU., o los folletines, a 4 reales en España, generaban una adicción similar o mayor a las series actuales de Netflix o HBO. De aquellas, poco a poco nos adentramos en lo extraño e irracional, que nos condujo a los abismos retorcidos y/o soñados de autores como HP Lovecraft o Robert E. Howard, dentro del horror cósmico y la fantasía heroica.

A menudo fueron los periódicos los que terminaron por provocar la fidelidad de los lectores, prueba de ello son los faldones de Le Siècle o Journal des Débats, en Francia, donde nacieron ‘Los tres mosqueteros’ o ‘El conde de Montecristo’. También figuras tan recurrentes como Sherlock Holmes, que vino de la mano de Arthur Conan Doyle y fue revelado al público en The Strand Magazine.

El hechizo comprensible de quedar enganchado

Pero, ¿de dónde nace el embrujo por los prohibido en cada uno de nosotros? Tiene mucho de orgánico quedar hechizado por lo exótico. La curiosidad no es solo felina, es animal, de ahí que nosotros, animales civilizados, nos veamos inducidos a explorar lo recóndito, aunque sea, como ahora, echando un vistazo desde el bienestar de una ventana opaca. Por eso existieron los precedentes literarios de enorme éxito que acercaron a la sociedad esas “cajas negras” de salvajismo, unos portales a entornos de los limes que en el fondo hablaban a ese yo dormido, apelando a todo aquello que, al dejarnos domesticar, seguimos deseando sentir y tocar.

¿Por qué? El ser humano moderno choca contra la evolución.

Más allá de la intencionalidad ideológica y política existente en publicaciones como el Newgate Calendar -donde entre el siglo XVIII y XIX el crimen se purgaba a través de una justificación pedagógica- o los folletines -que operaron mediante el higienismo social como instrumento de la burguesía liberal frente al mundo rural-, lo cierto es que si abrimos esas puertas a la oscuridad es por el desajuste evolutivo que sufrimos.

Biológicamente somos cazadores-recolectores viviendo en Wall Street. Nuestra cortina técnica ha superado con creces nuestro reloj biológico, el cual, como sistema perfeccionado a lo largo de miles de años se defiende del bisoño ecosistema artificial que hemos creado a nuestro alrededor. Nuestro cuerpo no reconoce la cueva en la que vivimos. Así de simple. El interés por el misterio y el horror es puro «sesgo de negatividad«: esas bocanadas en las sombras nos remiten a nuestro inconsciente, únicamente pendiente de una cosa, sobrevivir al peligro.

Foto portada: El antepenúltimo mohicano


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