Hace algo más de 1300 años, un comandante bereber llamado Tariq ibn Ziyad fue enviado a la Península Ibérica. Llegó en el año 711, algo después de la expedición del masmuda de este, Tarif ibn Malik. Tariq había llegado por petición de un gobernador árabe (de Ifriqiya, actual Túnez), de nombre Musa ibn Nusayr, y lo hacía sin excesivas pretensiones, ni mucho menos que estas pasaran por realizar una conquista en el sentido más pragmático y moderno de la palabra, pero al poco tiempo de su campaña encontraron excesivas facilidades como para no ambicionar ese vasto y fértil territorio. Y esa aventura se convirtió en un asentamiento que duraría casi ocho siglos.

Guadalete y la descomposición visigoda hicieron que el tránsito musulmán por Iberia pasara de ser una expedición a ser una invitación a la ocupación de la mayor parte de los núcleos urbanos reseñables de la vieja Hispania. Este hecho consumado por el mundo islámico en suelo visigodo, paradójicamente disparó la tensión entre las dos personalidades. Y Musa y Tariq, con sus acciones, iban a cambiar para siempre los nuevos territorios acoplados a la base de un imperio islámico del que no renegarían (en ese momento). Ese imperio se convertiría en Al-Ándalus, que inicialmente fue un emirato dependiente de Damasco y mucho después un califato.

Pero eso vendría mucho después de la aventura del 711.

Mucho antes de que todo aquello fraguara, Tariq andaba a lo suyo: había derrotado a Rodrigo en la batalla del río Guadalete (antigua Bética) tras desembarcar en las inmediaciones de Gibraltar con unos 7000 hombres. Después avanzó sin demasiada oposición por los viejos territorios visigodos hasta sus limes, en el interior y norte peninsular. Y entonces, con sus victorias y fama, llegaron las fricciones internas. Sus triunfos chocaron con su superior, Musa, quien además era el gobernador musulmán de Ifriqiya. Por eso poco después (713-714) Musa tomó el mando de la operación y se propuso la ocupación total de la Hispania visigoda, tratando de apropiarse de los méritos de Tariq y convirtiendo Hispania en territorio musulmán. Lo hizo con muchos más hombres y preparación que el caudillo bereber, y lo materializó, en parte, movido por un ataque de celos debido a las victorias del propio Tariq.

Rodrigo con sus tropas en Guadalete (F: Wikipedia)

La ocupación fue rapidísima. Crónicas de la época como la de ‘Ajbar Maymu’a’ no dejan duda del sometimiento visigodo al avance de Tariq y Musa. Estas fuentes medievales son capaces de reconstruir los pasos de los itinerarios que sendos caudillos eligieron en la mitad superior hispánica tras tomar ciudades clave del sur como Toledo, Sevilla o la misma Córdoba. Indudablemente estas hojas de ruta son debatibles, aunque seguramente se basaron en la red viaria romana, por lo que puede decirse que la ida y vuelta del jefe militar y el gobernador seguramente pasó por núcleos como Amaya, Campos Góticos, Astorga, Lugo, Simancas, Segovia o Toledo.

Pero dejemos a un lado el paseo militar y centrémonos en algo más concreto: la pelea interna entre estas dos figuras, una pugna sin la cual no se entiende una porción de esa fase de la historia medieval española. La apacible ocupación no hizo sino ahondar en la distancia entre las dos personalidades, disparando las tensiones entre los invasores. Y una vez consiguieron el control del territorio esas discrepancias se fueron ensanchando.

Dos concepciones antagónicas

De hecho, Tariq y Musa representan a la perfección las complicadas relaciones islámicas que serán la perdición andalusí en los siglos posteriores. En este caso, uno personifica el poder periférico y armado, a veces rebelde al control central. El otro, el recelo de la élite y del gobierno. Y en ambos casos se da a la vez la necesidad de añadir gloria al linaje propio. Con todo, el gran obstáculo entre ellos es otro: ambos pertenecer a grupos sociales y culturas antagónicas, pese a ser parte de la misma religión, y como tal poseen visiones de la vida totalmente opuestas.

Y eso les va a llevar al mutuo desastre personal.

Por norma general, los bereberes van a estar descontentos. Ellos son la punta de lanza y los cuerpos armados victoriosos en las campañas, pero luego son vilipendiados en el reparto de los derechos, las tierras y los beneficios. Venidos del nomadismo, la tradición pastoril y la solidaridad tribal, sus costumbres y méritos chocan con los diferentes grupos árabes elitistas, que, pese a su inferioridad numérica, se quedan las tierras más fértiles y las posiciones de poder. Fruto de ello surgirá la rebeldía de los jariyíes poco tiempo después. Y estas disputas ya se dan en Tariq y Musa, cuyo destino terminará ligado a la desgracia.

Ṭāriq ibn Ziyād al-Layti, líder al servicio de Musa ibn Nusair (F: Wikipedia)

Los hechos son más o menos claros: su ascenso fue proporcional a su súbita caída. Se dice que Musa se quejó al califa de Damasco, Al-Walid I, por las actuaciones independientes de Tariq, y que el líder religioso y político, receloso, hizo llamar a los dos, a los que reprendió y recriminó su forma de liderazgo, hasta el punto de terminar por defenestrarlos a partes iguales. Fuentes medievales y modernas se ponen de acuerdo en señalar finales oscuros y tristes para los dos impulsores del gobierno musulmán en Al-Ándalus. Destituidos, sumidos en la pobreza y el anonimato, Tariq y Musa desaparecerán de la historia tras marcarla.

Sus disputas serán endémicas entre los musulmanes durante su larga estancia en la Península Ibérica, siendo la principal bomba de oxígeno para los núcleos cristianos.


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4 responses to “La tensión entre dos caudillos que devoró a los visigodos y cambió España”

  1. Avatar de boldlykittyb8ce8a01c1
    boldlykittyb8ce8a01c1

    Aprendiendo un poco más de historia. Me gusta👍

  2. […] qué relación tuvo esto con España? Bastante, ya que el denario penetra en la antigua Hispania a través de los Pirineos, y lo hace en un marco político que persigue un fin: consolidar un […]

  3. […] y escapó, tras ser parcialmente indultado de crímenes contra la humanidad en Núremberg, rumbo a España en 1948, donde colaboró con la dictadura franquista, siendo, entre otras cosas, miembro de la […]

  4. […] Alfonso VIII (el de las Navas de Tolosa) quien los acuñó en oro y como un fiel reflejo árabe; siendo El Sabio, Alfonso X, el que les asignó una nueva cuña, la plata, el llamado burgalés. […]

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