Desde las entrañas del mainstream palpita de un tiempo a esta parte una extraña fascinación por un desvarío mediático algo perturbador: los asesinos en serie. Sea por un acento del inconsciente, por ciertas dosis de hibristofilia, por la fisgoneo mórbido humano o por factores ancestrales que exigen conexión entre el depredador, la víctima y la supervivencia, lo cierto es que la cultura popular gusta últimamente de acercarse a las mentes distorsionadas que hay tras los crímenes más violentos. Este impulso indagatorio de la masa social consume furtiva pero compulsivamente cada una de las huellas de estas carreras de terror. Parece como si el gran público deba dar respuesta a la maldad.
Y luego está el morbo. Hoy cuanto más sangriento es el reguero, más películas y series atrae.
Uno de los asuntos más interesantes a la hora de acercarse al análisis de los psicópatas y sociópatas, en el cual fisgonea con especial profusión el ciudadano de a pie (seguramente por aquello de marcar distancia con lo diferente), proviene de una cuestión que necesariamente han de hacerse: si los impulsos perversos de estos criminales tienen factores genéticos o son el resultado de causas ambientales. Esto en sí es complejo de dilucidar en cada caso, pero, para preocupación de muchos, seguramente la aparición de estas conductas anormales bebe (y tal vez necesita) de sendas fuentes para confluir en la explosión de muerte compulsiva. De cualquier forma, es un hecho que estos rara avis espantosos y a veces auténticos se han abierto hueco entre los espectadores de las grandes plataformas de streaming, las cuales han puesto sus ojos en dos décadas prodigiosas de maldad, la de los 70 y 80.
En aquellos tiempos de una ciencia criminalista en pañales, el efecto resonancia de estos homicidas en cadena fue intensísimo en Estados Unidos. Sin embargo, aunque durante esos veinte años en el territorio de las barras y estrellas medraron multitud de estos criminales altamente peligrosos, lo cierto es que el resultado que hoy le llega al espectador es confuso y no siempre veraz, de modo que exploremos 4 nombres atroces que van ligados al true crime. Preguntémonos: ¿qué hay de verdad en estos cuatro homicidas y qué de ficción?
La doncella de la muerte
Analizando a La mujer araña, Aileen Wuornos, hay que decir que confluyen muchísimas más circunstancias ambientales que genéticas. Y sí, existió. Por ejemplo, fue una niña criada con un padre sentenciado por abuso de menores y suicida; con una madre maltratadora y que, a la vez, la abandonó; junto a un abuelo que la violaba y la pegaba, y creció y se desarrollo en ambientes marginales. Ya de adulta, Wuornos se terminó destapando como una asesina fría y vengativa, aunque a una edad muy madura. Mató a siete hombres y fue ejecutada por ello en 2002, sin embargo, su drama personal revela un ambivalente personaje. Baste decir que Wuornos solo presentó su impulso asesino nada menos que a los 33 años y cuando Richard Mallory, su primera víctima, intentó violarla (si lo recuerdan, como hiciera su abuelo)
Desde Mallory su furia se desató. A su primera víctima la mató de siete disparos, ella dijo que en defensa propia. Llegado a este punto ya no se detuvo.
Florida fue su núcleo de acción entre 1989 y 1990, bajo un modus operandi bastante simple: se ofrecía como autoestopista, disparaba a los hombres que trataban de abusar de ella (según su versión), arrojándolos después a la cuneta y previo robo de sus pertenencias. De los siete hombres a los que mató, solo un cuerpo no fue encontrado, el de Peter Siems. No obstante, entre esa explosión sangrienta existen matices significativos que ofrecen otras capas de una personalidad compleja: a pesar de su truculento pasado, Wuornos tuvo una pareja, Tyria Moore, a la que cuidó e intentó proteger de la justicia, exculpándola de toda culpa.
Con una vida ligada a la desestructuración familiar, la violencia y la prostitución, el caso de Wuornos ha generado mucha controversia, debido sobre todo a la tardía transmutación sufrida por la serial killer, más que probablemente debido a los traumas padecidos. Fue ella misma quien, ya apresada, se caracterizó como incorregible, dispuesta a matar otra vez motivada por el odio que le generaba la violencia de los hombres, de ahí que siempre sostuviera que volvería a actuar como lo hizo y que, a la vez, obró con crueldad, pero en defensa propia.
Patty Jenkins la popularizó en 2003 de la mano de la película ‘Monster’, protagonizada por una irreconocible Charlize Theron.
El enigma del monstruo perfecto
Pocos personajes modernos han representado de forma tan clara la figura del psicópata en la gran pantalla como Anton Chigurh, una creación de los fantásticos hermanos Coen. Dicen estos que Chigurh es eso, una creación, sin inspiración posible en la vida real, pero lo cierto es que su perfil, aunque no tenga una fuente específica de la que nutrirse, se acopla fácilmente sobre una silueta determinada y muy bien configurada.
De carácter frío, carente de empatía y emociones, enigmático, extremadamente cruel y propenso a la violencia, que se palpa en cada uno de sus actos, al mismo tiempo Chigurh -interpretado magistralmente por Javier Bardem– añade un hieratismo gestual helador, que le rellena aún más de una aureola aterradora. Su toma de decisiones certera y la precisión en sus ejecuciones lo hacen un poco más monstruoso si cabe (por calculador), mientras que su ausencia total de remordimientos incrementan esta sensación. Dicho de otra forma, en cuanto a ser vivo diferente, resulta terrorífico. En resumen, si los Coen buscaban un villano creíble y espeluznante, lo hallaron con creces.

Por tanto, no, Chigurh no existió o solo lo hizo en la gran obra cinematográfica ‘No es país para viejos’ (No Country for Old Men), basada en el libro homónimo de Cormac McCarthy. Ahora bien, su caso es singular porque su plasmación aúna opiniones igualmente concordes entre profesionales de la salud mental y el gran público: es uno de los mejores perfiles psicopáticos y sociopáticos que se han hecho en el cine. Eso sí, por poner un pero, es más sencillo para el gran público desligarse de este ser humano tan deshumanizado, sin pasado ni motivos, que de un hombre con cicatrices a la vista.
Ted, el aterrador hombre normal
Asegura un estudio del Helsingin Sanomat Foundation que la filiación del público masivo a este tipo de contenido, lejos de implantar una resistencia en ellos hace justo el efecto contrario; es decir, el miedo al que voluntariamente se adhiere el espectador al visionar la historia real de seres humanos convertidos en aberraciones, no les genera resistencia a esos monstruos, sino más miedo aún a esas conductas. Visto así, puede decirse que estos pasatiempos son un resorte más de la cultura del miedo, tan implantada en ocasiones en la sociedad estadounidense como arma institucional y gubernamental para generar dependencia de las fuerzas coercitivas.
Y si hay un ser humano que propagó el pavor a mediados de los 70 en Estados Unidos por su enorme sed de sangre, su sadismo, su gigantesco coto de caza (que abarcó múltiples estados), sus actos y, en definitiva, por su excepcional crueldad ese es Ted Bundy, el asesino de mujeres durante casi un lustro, entre 1974 y 1978.

Bundy precedió a otro ilustre y aterrador serial, Jeffrey Dahmer, El carnicero de Milwaukee, del que se ha hecho incluso una serie. Ted, por su parte, tomó el testigo de figuras como Ed Kemper (vivo) y, como pueden imaginar, fue tan real como espantoso. Operó desde Washington a Oregón y Colorado, pasando por otros estados tan variados como Utah, Florida o California. Al final fue atrapado y sentenciado a la silla eléctrica por al menos 36 asesinatos, aunque se cree que cometió muchos más. Su figura ha sido hondamente tratada por el cine, inspirando entre otras cosas al Buffalo Bill de ‘El Silencio de los Corderos’ o siendo protagonista autobiográfico con ‘Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile‘. Seguramente haya ayudado en ello el hecho de que dejó ver su humanidad cuando en el corredor de la muerte fue entrevistado.
undy era, cuando quería, un individuo encantador y con un alto grado de atractivo, pero a diferencia de otros asesinos, él fue especialmente perverso y cruel, además de bestial. Esta ferocidad se ve demostrada en sus estremecedores ataques a universitarias y chicas jóvenes, sobre las que dejaba salir una fiereza irracional con los cuerpos antes, durante y después de la muerte. Solía acechar y sorprender a sus presas, mujeres de entre 15 y 25 años, descargando directamente un inusitado ensañamiento sobre ellas o, por el contrario, tratando de dar lástima para luego dar rienda suelta a sus instintos. En este último caso, solía utilizar un brazo en cabestrillo o argumentaba una supuesta avería en su célebre Beetle Volkswagen amarillo para atrapar a sus víctimas.
Bundy, además de violador, violento compulsivo (especialmente cuando usaba una barra de hierro con la que golpeaba con profusión las cabezas de las mujeres), asesino, estafador, torturador y necrófilo fue una auténtica pesadilla para la sociedad americana. Descubierto y atrapado, se fugó hasta dos veces de la policía (en junio y diciembre de 1977, en Colorado), tiempo que invirtió en matar a más mujeres, entre otras, a Kimberly Leach, de 12 años, y perpetrando los ataques a la hermandad Chi Omega en Florida, también de una furia desmedida. Y no solo eso, una vez fue detenido definitivamente en Pensacola y sentenciado a morir, trató por todos los medios de retrasar su final, jugando con las autoridades y las familias ofreciendo pistas sobre nuevos cuerpos escondidos y no identificados de otras mujeres desaparecidas. Finalmente, víctimas y autoridades se cansaron de sus juegos y lo ejecutaron un 24 de enero de 1989.
Jedidiah Sawyer, la ‘cara de cuero‘
Aunque ha sido considerado el prototipo de asesino despiadado y desprovisto de humanidad, lo cierto es que Jedidiah Sawyer, alias, cara de cuero, es una creación del guionista Kim Henkel y del director Tobe Hooper para la película (y franquicia) ‘The Texas Chainsaw Massacre’ (1974), un film que se ha convertido en objeto de culto en su género, el slasher.
Por ser Sawyer el último de esta siniestra lista hay que decir que su caracterización, a diferencia del Chigurh de Bardem, los Coen y McCarthy, sí cuenta con dos elementos que ayudan a identificar sus rasgos repulsivos.
El primero es puramente ideológico y tiene que ver, de forma indirecta, con la Ilustración y el liberalismo como motores de la desfiguración, para su apropiación, del mundo rural. Para estas corrientes, desde el siglo XVIII, pasando sobre todo por el XIX y el XX, era clave arrebatar el espíritu y la dignidad a los ambientes rurales, normalmente resistentes a los sistemas expropiatorios liberales. Así pasó por todo Occidente. El triunfo burgués presentó los ambientes de los pueblos e indígenas como anacrónicos, atrasados, indignos y enemigos de lo civilizado, algo así como un entorno de frontera que impedía al ser humano desarrollarse. Ese daño se hizo a conciencia y de forma masiva durante tres siglos. Por eso cuaja tan bien cara de cuero en el espectador moderno.

El otro elemento sí tiene que ver directamente con otros asesinos de la historia. Y es que el personaje de Sawyer se inspira en dos sádicos reales de una enorme crueldad: El carnicero de Plainfield, Ed Gein, y El asesino en masa de Houston, Elmer Wayne Henley (sigue vivo). Gein es el prototipo de desvarío que calca algunas de las prácticas de Sawyer, desde sus macabras disecciones con cadáveres a sus orígenes en una remota granja de Wisconsin. Gein, que también era profanador de tumbas, fue declarado enfermo mental y murió en un psiquiátrico, en el Instituto de Salud Mental de Mendota.
Henley, por su parte, fue cómplice del infame asesino de niños Dean Corll, del que se cansó y al que acribilló. Henley, mediante el pago de dinero de Corll, engañaba a los niños para que fueran a las manos de Corll, apodado Candy Man, quien los violaba, torturaba y asesinaba. Un día, tras un altercado entre ambos, Corll dejó libre a Henley después de amordazarle por un error cometido por este último y al ser liberado Henley le disparó hasta la muerte. Ambos operaron en Houston entre 1970 y 1973 y fueron responsables de la muerte de 28 niños.
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