A pesar de que Alejandro I (nada que ver con El Magno) fue una figura clave en la consolidación del poderío macedonio, como también lo fueron algunos de sus descendientes, fue Filipo II el auténtico creador de la primera potencia mundial que sería Macedonia con Alejandro Magno.
Realizando mejoras militares determinantes, con hoplitas ligeros, de extrema movilidad, y reforzando dos unidades de élite en la infantería, los pezhetairoi y creando los hipaspistai, poco a poco fue sometiendo a sus enemigos hasta consolidarse como monarca hegemónico de Grecia, y para que eso sucediera hubo un hito bélico llave.
Los precedentes de la batalla de la que quiero hablaros vienen determinados por la intervención decisiva de Filipo II en las llamadas Guerras Sagradas, donde gracias a sus victorias ganó un asiento de máximo peso para Macedonia dentro de la Anfictionía, la liga de las ciudades estado, donde en el transcurso de la tercera guerra sagrada y la cuarta se hizo con el control del oráculo de Delfos, elemento clave en la toma de decisiones, y se lanzó a imponer su visión del futuro al resto del entorno griego.
Según describen autores clásicos como Diodoro de Sicilia y Plutarco, en ese contexto se desarrolla un 7 de metagitnión (agosto, basado en el calendario lunisolar ático) es decir, tal y como han precisado estudios académicos al respecto, un 2 de agosto del 338 a. C., la Batalla de Queronea. Este conflicto erigirá a Macedonia como hegemón griego y futura punta de lanza de la invasión del mundo persa, cuyo resultado ha llegado hasta nuestros días.
El choque
Antes, Tebas y Atenas se unieron para tratar de contrarrestar el avance de Filipo y su temible ejército, que se había hecho en el 339 a. C. con la fortaleza de Elatea. La alianza tebanoateniense ganó multitud de adeptos, los cuales, sin embargo, no detuvieron a un Filipo, y aliados, que tras avanzar tomando Anfisa, fuente de discordia en la Cuarta Guerra Sagrada, además de otras plazas como Naupacto, acabó con sus adversarios, para después incluso llegar a ofrecer la paz a Tebas y Atenas, que estos rechazaron. Su derrota firmó su final definitivo como grandes potencias, hueco que llenó definitivamente la Macedonia de Filipo II.

Finalmente, el excepcional rey y estratega macedonio, que había acabado con sus adversario pero poseía ambiciones superiores, renunció a destruir completamente a la orgullosa Atenas, para con ello intentar lograr una alianza griega contra los persas. Casi lo consiguió mediante el Congreso de Corinto (337), donde apenas solo faltaron los espartanos. En este conclave de comunidades griegas, Filipo fue erigido jefe supremo de una coalición contra un Imperio Aqueménida que debía ser sometido como enemigo ancestral y supracultural. De hecho, como cabeza del synedrion, órgano con capacidad de poder casi absoluta, Filipo II marcharía al frente de la Liga de Corintio a la conquista de Persia, pero eso nunca sucedió: un siervo suyo, Pausanias, lo asesinó a traición en el 336 a. C.

El Imperio Persa efectivamente caería ante los griegos, pero lo hizo sometido por el hijo de Filipo, Alejandro Magno, instaurando un ecuménico helenismo.
El contexto macedonio
Favorecida por su aislamiento, factor esgrimido por el mundo clásico para tildarlos de bárbaros, por sus recursos naturales, con bosques, minería, pastos y llanuras fértiles, en Macedonia se dieron una serie de evoluciones culturales desde las tribus argéadas en el siglo VII hasta dinastías disgragadas y los procesos refomadores en el siglo V que confluyó en el genio de Filipo, el cual elevó el territorio hasta la cúspide de control de la Grecia continental.
Filipo supo aunar las ventajas ofrecidas por sus predecesores para construir un imperio con epicentro en Pela, que sería global con su hijo Alejandro. En ese proceso, la Batalla de Queronea puede catalogarse como uno de los instantes más importantes de la antigüedad clásica, porque asienta definitivamente el propósito de Filipo en Grecia y, de forma inmediata, permite a Alejandro cumplir el sueño de ambos, que terminó por influir al resto, Occidente y Oriente, bajo la bandera del helenismo.
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