Fue Ur-Nammu, fundador de la dinastía III de Ur, el impulsor de una construcción que terminó por arraigar en la antigua Mesopotamia(aunque fuera su hijo, Shulgi, quien la completara). En forma de pirámide escalonada, los Zigurats eran construcciones que fueron adquiriendo distintas morfologías a lo largo de la historia, pero poseían un componente común: eran construidas como moradas de los dioses.

A diferencia de las pirámides egipcias, conformadas para resistir el paso del tiempo, el zigurat es una invocación contra la entropía. Su sentido es opuesto al egipcio, el zigurat ni es eterno ni estático. Como el adobe o un gobierno, debe renovarse, ha de reafirmarse continuamente contra el Caos que quiere demolerlo. Esta analogía será clave para entender su razón de ser.
¿Qué simbolizan?
No existe un consenso acerca del simbolismo específico de cada uno de los modelos de zigurats que se perfilaron en las ciudades de la Creciente Fértil. No obstante, diversas teorías sugieren que estas obras monumentales —desde plantas ovaladas hasta cuadradas— servían para comunicar el mundo terrenal con el celeste. Lo que resulta indiscutible es su vínculo con los estamentos de poder: son elementos de exclusión social. Sus rampas no eran accesos públicos, sino filtros jerárquicos.
El tiempo, siempre el paso del tiempo
El zigurat lucha por sobrevivir, es una estructura en resistencia perpetua. Como el monumento, su máximo garante ante el pueblo y los dioses —el monarca— debe luchar por mantenerse. El sostenimiento de la estructura era el síntoma inequívoco de la estabilidad social de un reinado. Esta ofrenda representa la inmortalidad dinámica: aquella que debe ganarse a pulso a cada instante. Un ejemplo canónico es el zigurat de Ur-Nammu, dedicado a Nanna, dios de la luna y protector de la ciudad.

¿Qué eran y por qué se hacían?
En el caso concreto del primer modelo de estas construcciones se le presupone una doble función naturalista y geométrica. La estructura, de enorme complejidad y vocación de perdurabilidad, se mantiene mediante el esfuerzo y contra los elementos, a los que no desprecia, sino contra los que se reafirma. Su persistencia debe ser evocadora, buscando emular la solidez de la montaña con la vida (árboles) en su vértice.
Es en Sumeria en particular y Mesopotamia en general donde proliferan los zigurats como configuraciones gigantescas ideadas como bloques de barro mezclado con paja, betún y secados al sol: el adobe. Estas torres, compuestas por terrazas que a menudo sumaban siete, poseen una rampa exterior que otorga exclusividad a semejante genio arquitectónico. De ahí se deriva su doble carácter: uno, el celestial (que difiere de la concepción egipcia funeraria) y el astronómico, con su magnético culto a los astros. La observación de los movimientos celestes, propias de estos pueblos, fueron mucho más que un pasatiempo, eran guías de su ser y estar en esta orilla.
Bibliografía:
-Gil Tovar, F. (1965). Historia del Arte e iniciación al conocimiento de los estilos (Segunda edición). Compañía Bibliográfica Española.
-Masó, F. (2013). Mesopotamia. National Geographic, (Editec), Vol. 4.
-Roche, J. (2004). De soberano como un gran hombre al monarca divino, del Zigurat mesopotámico a la pirámide de Egipto. Huelva Arqueológica 19, III Congreso español de Antiguo Oriente Próximo.
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