Existen multitud de acontecimientos relativos a nuestro momento histórico que llaman a la reflexión. Uno de ellos, seguramente central, proviene de nuestro silencio ante la mercantilización de la vida y el entorno. De ese abandono derivan una amplia variedad de víctimas, entre ellas, paradójicamente, nosotros mismos. Pero no cualquier parte de nosotros, sino la más incontestable y rotunda del gregarismo: la vejez.
Cuando somos ancianos nos convertimos en los individuos más sabios y quizá más aprovechables, sin embargo, esa mirada hacia atrás, ese paso lento, aquella espera y escucha, como de oír profundo y, a la vez, de recuperar el aliento, nos lleva inevitable y rápidamente a la pérdida definitiva del vigor y la fuerza. Y hemos de saberlo. Todos.

Ingratitud de mercado
Uno de los fenómenos más ingratos de estas sociedades nuestras tan raudas y focalizadas en el ego tiene que ver con la estereopización de la vejez. Y con otro error, definir su valor en la sociedad.
¿Valor? En qué momento pasamos de querer a valorar, no ya a nuestros antepasados y ancianos, sino a cada brizna vital. ¿Qué somos sin memoria, sin aprender del pasado, sin honrar lo nuestro y a los nuestros? Nada. Me atrevo a decir que nada de lo que de verdad merece la pena tiene un coste medible en términos económicos. No, el envejecimiento y sus enormes beneficios humanos se miden por otros factores más importantes y elevados que la productividad, por otros que nada tienen que ver con los bienes de mercado o los costos diferidos, y desde luego esos factores en absoluto son baremables como fines productivos.
Mirando al pasado vemos que nuestra forma tan moderna de mirar a los viejos es equívoca, un síntoma de decrepitud social. Nuestros antepasados no cometieron esa deslealtad tan a la liguera, al menos no de forma sistémica. Esta fase natural de todo ser vivo fue en muchos casos valorada en el pasado en su justa medida, y no solo entre el Homo sapiens y el sapiens sapiens, también lo es entre otros animales gregarios como los lobos o los chimpancés.
Haríamos bien en mirar sus comportamientos de vez en cuando.
Pues bien, por ese pasado y esa necesidad de reivindicar la ancianidad como una etapa del grupo en el que se rinde culto a la gratitud, ahora surge un ambicioso estudio que pretende poner en valor ese instante decisivo de la vida. Algo que hacía falta.
El valor de la vejez
La Universidad de York, a través del proyecto llamado Age-Old Stories, intentará, mediante sofisticadas herramientas científicas, “poner en valor a las personas mayores en la Europa prehistórica y romana”. ¿Cómo? Mostrando su función clave en los grupos, comunidades y sociedades antiguas, precisamente por su edad y también por su sabiduría y experiencia.
Una de las especialistas becadas, con financiación del fondo Future Leaders Fellowships (FLF) de UK Research and Innovation (UKRI), es la Dra. Lindsey Büster, del Departamento de Arqueología de la Universidad de York, quien defendía, según la University of York, que “al mostrar cómo las sociedades pasadas dependían de los adultos mayores, el proyecto pretende desafiar los estereotipos modernos e iniciar nuevas conversaciones sobre el envejecimiento”.
Algunas de las evidencias que se investigan y ya han visto la luz incluyen restos de un neandertal envejecido que vivió hace 45.000 o 50.000 años y estaba aquejado de multitud de problemas físicos y al que, sin embargo, su comunidad mantuvo y cuidó, sugiriendo que fue muy valorado por esta. También hay restos de ancianos de la Edad de Bronce alimentados con dietas muy ricas o ritos funerarios de extrema complejidad y costes para sus comunidades llevados a cabo sobre individuos viejos, a los que no se respetaba por su fuerza, sino por su estatus en ellas.
Hasta el final, por lo que hicieron desde el comienzo
El estudio enfatiza el papel central de la vejez en el ser humano como una parte esencial de su desarrollo, desafiando las dinámicas productivas actuales. Esto no debería de sorprendernos, no en vano, como he recalcado, muchos animales no humanos practican cuidados muy intensos sobre sus individuos veteranos, habiendo pruebas por ejemplo en las citadas manadas de lobos, donde se han documentado manadas que protegen y dotan de comida a sus ejemplares más maduros, o entre los elefantes y las orcas, donde se erige la figura de las abuelas postmenopáusicas, encargadas de aumentar las tasas de supervivencia de sus hijos y nietos, entre otras cosas guiándolos y enseñándolos técnicas de caza, mejores rutas o zonas de pesca.

“El envejecimiento es una parte central de la historia de la humanidad y deberíamos tener mejores estrategias para valorarlo y celebrarlo hoy”, dice Büster. El ambicioso estudio, que cuenta con la gran variedad de restos humanos del York Museums Trust, pretende precisamente encontrar la riqueza que la dialéctica de mercado no es capaz de ver en el valor que esconden el envejecimiento y los ancianos. La importancia social de la vejez podría depender, en parte, de la importancia que una sociedad conceda a la memoria acumulada por sus individuos. Esa parte es esencial para definir elementos clave de los seres humanos, tales como el conocimiento, la ancestralidad, los códigos éticos y morales, la cohesión social y/o la estabilidad.
Fuente: University of York
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