En noviembre de 1995 (el día 18) se estrenaba en JapónGhost in the Shell’ (Kokaku Kidotai), una película que marcaría una época en la animación. Obra de Mamoru Oshii, basada en el manga homónimo de Masamune Shirow, el largometraje posee el mérito de reconsiderar la idea de la historieta original y lanzarnos sin dilación hacia lanzarnos sin dilación hacia un laberinto en el que debemos responder a una pregunta, quizá la pregunta: ¿qué es la vida? Y para eso, también hace que nos preguntemos: ¿cuáles son sus límites, sus parámetros, sus normas?

Ahora bien, el viaje que nos propone Oshii hacia esa pregunta se hace de una manera particular, tan poética como extravagante, tan armoniosa como inquietante. Así, nos aferramos a una plataforma recurrente, la de un concepto redefinido del neo-noir futurista y lo hacemos bajo el imaginario de las distópicas, ultra tecnológicas y asfixiantes megalópolis americano-japonesas (en este caso, en un hipotético 2029) de un porvenir incierto (y, por desgracia, cada vez más reconocible), es decir, nos dejamos atrapar por la ochentera y visionaria subcultura cyberpunk, donde nos espera una atmósfera radicalmente embriagadora, la que dibuja melódicamente Kenji Kawai.

Kusanagi, en un fotograma de la película. (F: filmaffinity)

Sobre esta tribuna, con el eco Blade Runner resonando en nuestras mentes, la protagonista, la legendaria Motoko Kusanagi, y su colega en la Sección 9, Batou, se lanzan a la búsqueda del escurridizo y peligroso terrorista informático llamado Puppet Master, cuyo paradero encierra secretos sobre la siniestra Sección 6. Y es en ese proceso de apenas 83 minutos donde la trama nos hace divagar y retocar aquella cuestión ancestral, esa que ciencia, filosofía y religión aún no han conseguido digerir.

Sin embargo, ese recorrido (un espectáculo visual considerable y extremadamente bien envejecido que se adentra por los recovecos de un callejero infinito que recuerda demasiado bien a nuestra mejor máquina, el cerebro) termina por exigir algo más al espectador, una reflexión progresiva sobre los hilos divergentes que se van entrelazando o quedando sueltos, para al final enfrentarse a un juicio decisivo que apela a nuestra capacidad emocional, imaginativa y empática.


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