Antes de los llamados tiempos oscuros en la Grecia Antigua, cuando las cenizas Minoicas eran idolatradas por gentes menos refinadas; en tiempos de Agamenón y de su civilización, la Micénica, todavía era intensa la adoración de una Gran Diosa de la naturaleza y de la fertilidad. Quizá no fuera un único ente o una sola deidad, sino un epíteto funcional que acompañaba a esas potencias ancestrales, en cualquier caso, ella era una clara plasmación de lo femenino como principio creador y generador. Y todo eso desapareció definitivamente con la areté de Homero y Hesíodo.

Aquella divinidad fecunda, o si lo prefieren esa fuerza inmanente y exuberante, está presente en las tablillas micénicas, que son una fuente fundamental para explicar no solo esta cultura jerarquizada, sino la influencia determinante de la minoica en ella. Pues bien, las tablillas ya hablan del Panteón griego, con Zeus, Poseidón, Hera… sin embargo, las tablillas más importantes (por ejemplo, PY Tn 316) nombran a Plotinija (o Potnia), la Señora (la Gran Diosa sin un nombre configurado con exactitud), como una fuerza clave, aún respetada y distinta dentro de ese panteón temprano, con una función llave: la reproductiva, sin la cual la vida no existe.
El cambio de paradigma
Tras el colapso de la civilización micénica, en la que Heinrich Schliemann se basó, convencido de la historicidad geográfica de la Ilíada para redescubrirla, paradójicamente auspiciado por el mito que terminaría por desplazar la visión de esa civilización, florece la areté, la excelencia y virtud del héroe, cuyo eco ha sobrevivido hasta nuestros días y lo ha hecho con una forma nueva de organización social y visión del mundo.

Bajo la pluma de Homero nacen Aquiles o Héctor, los cuales dan sus vidas con gusto por alcanzar la gloria y revelar al resto el camino a seguir. Ellos no son más que arquetipos e ideales bajo los que se va a moldear al héroe aristocrático y, con grandes matices, al ciudadano ideal de las polis. Después, alrededor de ellos, Hesíodo formula el impulso moral y divino que necesita ese ciudadano para instruirse en la paideia, o educación correcta, la que define a los mejores, que estarán incluso por encima del pueblo.
Nuevo orden: la ‘areté’
La Teogonía de Hesíodo, apelando al germen homérico, cimenta el orden cósmico patriarcal y legitima el poder de los hombres sobre el cosmos, la sociedad y la mujer. Se formula una religión antropomórfica, cívica y racionalizada que queda autentificada por el parentesco masculino con los dioses, garantes de la justicia, el orden jerarquizado y el poder, en este último caso no solo sobre lo femenino y el hogar, sino también el poder de unos elegidos, unas clases preponderantes, sobre las demás.
Y así murió, en el transcurso de unos pocos siglos, la mirada humana hacia la tierra, una mirada venida de milenios de antigüedad. Hubo un tiempo en que también los griegos adoraban la fertilidad (fuera con fines reproductivos, relacionado con las cosechas, la gracia, etcétera) y la vida en tanto a virtud superlativa de nuestro origen natural, como el más alto regalo propiciatorio venido del cosmos. Como el viente de una Madre.
Foto portada: Puerta de los leones de Micenas (Wikipedia)
- ¿Y si la mejor clase de Historia de tu vida fuera una partida de rol? 3 juegos lo logran
- Malory, Tolkien, Lovecraft y Frank Herbert siguen definiendo la industria del rol: 4 adaptaciones insuperables
- Hallados 30 versos de la ‘Physica’ de Empédocles que reescriben su papel en la física moderna
- La falsificación más trascendental de la historia de Occidente: el padre de Carlomagno y Roma, poder eterno
- Dados, juegos de azar y apuestas hace miles de años: los nativos americanos fueron los primeros


Deja un comentario