El 28 de noviembre de 1095 se selló la que sería una invocación a la sangre ‘patrocinada’ por Dios. Esta fecha marca el último día del Concilio de Clermont, donde el Papa Urbano II, entre otros objetivos, llamó a salir en ayuda del emperador bizantino Alejo I Comneno, poniendo la primera piedra de una guerra santa contra los musulmanes para recuperar los Santos Lugares. Esta consecuencia brutal emergió porque con su llamamiento el papado perseguía, entre varios fines, otra cosa: reforzar su autoridad.

¿Cómo sucedió?

Desde el 18 de noviembre del año 1095 unos 300 eclesiásticos se habían reunido en la localidad francesa del sur de Francia convocados por el Papa, quien había identificado la demanda de auxilio que le había hecho llegar el monarca bizantino como una oportunidad histórica para la institución religiosa que él dirigía: ayudando a los bizantinos podía frenar en seco los diferentes obstáculos que vivía la autoridad papal. Y así fue, aunque su idea original se le fue de las manos.

Arribando al final de la centuria, los contratiempos para la Iglesia occidental brotaban desde cada esquina. La Europa del siglo XI, a grandes rasgos, sufría de una fragmentación considerable en su lucha de poderes. Por ejemplo, coexistían la cultura del mayorazgo, los conflictos nobiliarios o las tensiones feudovasalláticas, las cuales diseminaban los esfuerzos seculares, debilitando la jurisdicción central y su discurso religioso y salvífico. En parte por ello toman fuerza las reformas gregorianas, que tratan de devolverle a Roma la autoridad moral e ideológica que le corresponde.

Concilio de Clermont. (F: Wikipedia)

Y, de pronto, el mundo islámico y Bizancio dieron con la clave: una oportunidad para unificar una causa bajo un líder espiritual, el Papa.

La irrupción de los turcos selyúcidas en escena fue interpretada rápidamente desde Constantinopla como una amenaza a sus fronteras, y no una cualquiera. Era una intimidación de base sólida, básicamente porque era una fuerza poderosa, pese a su endémica división interna.  

A la vez, el Papa operó hábilmente para utilizar la petición de ayuda militar solicitada por el Emperador de Oriente, obteniendo con su apoyo el liderazgo moral y clerical que demandaba. Llamó a la unidad de los monarcas europeos para crear un frente común, una sola fuerza bajo su juicio moral como interlocutor con Dios. Urbano II dictaminó su celebre “Deus vult” (Dios lo quiere) en Clermont, como un mandato superior enviado desde arriba y para todos con el fin de recuperar los Santos Lugares.

¿Cómo hacer del ‘mensaje de amor cristiano’ un llamamiento belicista?

También en eso había pensado el Papa.

Fuentes medievales apuntan a que el Papa fue directo al corazón de los fieles: infló la mancha pecadora implícita en cada cristiano, adeudando en cada cual ese deseo de purificación católica. Asimismo, hay ciertas corrientes historiográficas que señalan que Urbano II pudo exagerar hasta el extremo la maldad de cada musulmán, presentando al enemigo como un ser inhumano, capaz de tropelías innombrables -desde la sistemática matanza de peregrinos, al ultraje y destrucción de los enclaves sacros-. Al hacerlo alimentó un imaginario medieval de odio muy recurrente, ya que se habría presentado la muerte de los infieles islámicos como un acto puntual que glorificaba a Cristo, un desempeño de justicia y saneamiento espiritual; una suerte de salvación por la guerra y la muerte.

Toma de Jerusalén. (F: National Geographic)

Y este mensaje, debidamente preparado y expuesto excepcionalmente en Clermont, mediante una retórica atractiva, también era un aviso para los díscolos cristianos que ignorasen tamaña llamada del máximo pontífice; no en vano su salvación estaba en juego y también la de sus territorios. De ahí que ofreciera la indulgencia plenaria.

Aunque es complicado dirimir el contenido exacto de Clermont, hay cierta unanimidad académica al señalar como ciertos varios de estos puntos.

Sea como fuere, Urbano II cerró ese 28 de noviembre varios cabos sueltos, debilitando parcialmente a múltiples rivales de la Iglesia, internos y externos. La larguísima campaña tomó su punto álgido en 1099 con la toma de Jerusalén, donde los cristianos llevaron a cabo una matanza de proporciones bíblicas, una que, paradójicamente, Urbano II ni predijo ni deseó. Ese recuerdo estremecedor marcaría a cristianos y musulmanes durante siglos, y todo nació desde ese germen sembrado en tierras francesas.

Puntuación: 5 de 5.

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