En 1989 se firmaba el Protocolo de Montreal, soldados soviéticos abandonaban Afganistán, el cartel de Medellín intensificaba el conflicto armado colombiano y un 17 de diciembre de ese año se estrenaba una serie emblemática que marcaría una época: ‘Los Simpson‘.

La andadura de la familia oriunda de Springfield, un ‘no-lugar’ imaginario de Estados Unidos y, a la vez, de universalidad reconocible dentro de cualquier mapa occidental, comenzó dos años antes, en 1987. Lo hizo como una serie de cortos de animación dentro del espectáculo televisivo The Tracey Ullman Show. La obra creada por Matt Groening tuvo una acogida sensacional y la cadena Fox pronto lanzó su producto de forma independiente, que alcanzaría regularidad unos días más tarde, el 14 de enero de 1990. No tardó en convertirse en un espacio fundamental donde la desgastada mente del ciudadano medio podía reconocer y legitimar su vulgaridad.

Homer Simpson.

Y es que este fenómeno televisivo mundial, de proporciones casi legendarias, construyó su éxito a través de la caricaturización de la identidad propia. Aunque presentado como un espacio de humor en torno a las rutinas diarias de una familia media norteamericana, lo cierto es que esta creación pronto enganchó por su poderosa e incisiva crítica cultural y política de la sociedad y valores estadounidenses.

Los Simpson no triunfaron porque fueran graciosos, sino porque en su representación enfática y paródica del culto a la pereza, el narcisismo, el individualismo exacerbado, el consumismo, la frustración laboral y las enormes contradicciones de la sociedad capitalista occidental cada uno de los espectadores se veía personificado y, con ello, todos podían reírse de sí mismos y del escenario artificial en el que operaban.

«¡Mira, qué pobreza y fugacidad tienen nuestros objetivos y fantasías!”, parecían decir las audiencias. Aunque, en verdad, iban más allá: la complacencia con Homer no era un rasgo individual, sino un síntoma colectivo. Y cuanto más deformaban la realidad Lisa, el señor Burns o Bart, más se veían las masas acomodadas en sus vestiduras, no en cuanto a diatriba moral, sino como una confirmación de su pasividad ante la vida. Con ‘Los Simpson’ el público se vio encarnado justo en esa imagen que se nos plantea desde un prisma exagerado y la irreverente intertextualidad de esta exitosa sátira lo proyectaba tan magistralmente que invitaba a reírse de la fútil existencia de la mayoría.

Tras convertirse en un fenómeno de masas sin parangón, siendo el programa estadounidense de animación más largo de la historia, ‘Los Simpsons’ han conseguido proyectar su sombra sobre profundos rasgos de la sociedad occidental, influyendo en la cultura, el lenguaje o la simbología de varias generaciones. Su autocomplacencia, la nuestra, nos divierte y debería alertarnos, pero no lo hace, lo que confirma, normaliza y posiblemente explica ciertas carencias en nuestra sociedad occidental.

¡D’oh!

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