Estados Unidos financió y articuló parte del integrismo islámico en Afganistán, componiendo a conciencia guerrillas radicales, germen de algunos de los grupos terroristas más conocidos en la actualidad. La intención estadounidense en ello fue absoluta; no tanto el cálculo de sus repercusiones. El proceso es complejo, pero puede decirse que fue uno de esos errores mayúsculos de los estadounidenses durante su pugna contra la URSS por la hegemonía geopolítica mundial durante la Guerra Fría. En las consecuencias de los actos de EEUU, como digo, se pueden leer las afrentas no resueltas que han derivado en auténticos dolores de cabeza en cadena para los afganos y el mundo, entre ellos al Qaeda.
Esta es una historia de violencia, ego y caos, una donde muchos han perdido.
Para entender esta arma de doble filo creada por americanos y soviéticos debemos viajar a finales de los ochenta, cuando Afganistán trataba de quitarse de encima una tutela rusa que venía desde los años cincuenta. Y ya de paso conviene pasar revista a la dialéctica bipolar salida de la Segunda Guerra Mundial.
La iniciativa de Estados Unidos en la zona contra su enemigo ideológico en el marco de la Guerra Fría, al proponer una salida alternativa para Afganistán, no solo no debilitó de inmediato la influencia soviética entre los afganos, sino que contribuyó indirectamente a la gestación de un radicalismo político-religioso que terminaría por desbordar cualquier cálculo estratégico inicial. En un primer momento, el país experimentó una deriva autoritaria en clave comunista, caracterizada por amplias campañas de represión y persecución política. Sin embargo, ese mismo régimen -profundamente dividido en su interior- acabaría enfrentándose a la propia Unión Soviética, al tiempo que sus políticas forzadas generaban un creciente y masivo descontento campesino.
Esa versión más radical del proyecto revolucionario estaba representada por la facción Khalq, cuyo liderazgo mantuvo incandescente un tenso conflicto interno y alimentó un proceso de inestabilidad regional que pronto adquirió dimensiones internacionales. Y en medio de esta situación se encontraba el respaldo estratégico de Estados Unidos; por concretar, mediante la intervención encubierta de la Agencia Central de Inteligencia.

La CIA financió no solo a los radicales afganos, sino que atrajo una gran cantidad de voluntarios de todo el mundo árabe, como el mismo Osama bin Laden, que al poco tiempo iban a globalizar una nueva ideología de la Yihad.
Y si hay que identificar responsables en el páis de las barras y estrellas uno de ellos fue indudablemente Zbigniew Brzezinski, asesor de Jimmy Carter.
De alguna manera, a la oscura figura de Brzezinski se le debe la creación del terrorismo religioso. Su base fue la Operación Ciclón. ¿Por qué? Brzezinski orquestó y llevó a la agencia gubernamental estadounidense a potenciar la creación de grupos insurgentes islámicos radicales y activos contra las facciones comunistas, sobre todo alentándolos a llevar a cabo la guerra santa, para que «los soviéticos tuvieran su Vietnam».
Vista la ola de radicalismo que empezaba a descontrolarse, desde el Kremlin trataron de rebajar el nerviosismo que generaba la forma de actuar de Khalq, pero los dos líderes de la facción radical del Partido Democrático Popular de Afganistán (en contraposición estaba el Parcham), Nur Muḥammad Tarākī y Ḥafīẓullāh Amīn, hicieron oídos sordos a esas llamadas soviéticas, que en el fondo pretendían frenar el acoso sobre la población civil y frenar el reformismo extremo. Por eso, lejos de aminorar la tensión y la violencia, esta terminó por explotar. Amīn se hizo con el poder, acabó con Tarākī, ninguneó las iniciativas soviéticas por aminorar el radicalismo y, llegado el momento, tanteó remotamente acercarse al otro transatlántico imperialista, Estados Unidos. Ante este caos, la URSS invadió Afganistán y ejecutó al líder, asentando un gobierno tolerante bajo el mando de Babrak Karmal.
El paso en falso de EEUU
Y entonces Estados Unidos, cuyo objetivo a largo plazo era el acceso al petróleo del Golfo Pérsico, cosa que veía amenazada con el intervencionismo soviético, tomó una decisión transcendental: fortaleció sus actividades encubiertas sembrando uno y mil monstruos futuros en la región. ¿Cómo? Sencillo, se apoyaron en el dictador pakistaní Zia ul Haq y Arabia Saudí para formar y fomentar el integrismo islámico a través de mujahidines y sus grupos armados, que eran indirectamente financiados mediante el ISI pakistaní. Este sería el germen de las entidades terroristas islámicas, las cuales luego, paradójicamente, se volverían contra Estados Unidos.

Con una inversión de más de 3000 millones de dólares, desde EEUU se apoyó la versión más ortodoxa islámica, una versión mucho más radical y feroz de lo hasta entonces conocido, con tácticas que se resumían en la implantación de un régimen de terror. ¿Con qué fin? Aplacar y dinamitar el control soviético. El problema es que pronto estos grupos se diversificaron, se independizaron de los estadounidenses y estos perdieron su toda auridad sobre ellos. No obstante, la falta de control de la situación por parte de EEUU no hizo que la herida fuera cerrada. No, la administración estadounidense continuó alimentando la hidra.
Carter, con Brzezinski a la sombra, instauró una política intervencionista sobre grupos armados, que luego William Casey, director de la CIA, Charles Wilson y sobre todo Ronald Reagan y el régimen saudí llevaron a otro nivel muy superior.
Incluso la facción más conservadora occidental incrementó la ayuda de estos grupos, inyectando una financiación millonaria, casi ilimitada. Esta ayuda fue masiva y duradera, incluyendo el apoyo del Reino Unido de Margaret Thatcher. Por su parte la URSS, que había tratado de rebajar la tensión instaurando un gobernante conciliador, Muhammad Najibullah, vio cómo las medidas diplomáticas que proponía eran rechazadas una y otra vez por la CIA y el propio Pakistán, quienes se dedicaron a avivar cada vez más la llama de la discordia. Y de aquellos barros estos lodos.
Años más tarde la Unión Soviética se disolvió, por lo que Najibullah renunció y ello dejó un vacío de poder que ocuparon las manos islámicas en 1992 y después los pashtunes talibanes en 1996. La afrenta estadounidense y su responsabilidad en los hechos se fue diluyendo entre los rincones que genera el discurso hegemónico, sin embargo la huella de aquellos hechos es palpable en la actualidad.
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