Allá por 1977 salió al mercado el disco Let There Be Rock de AC/DC, donde la canción ‘Hell Ain’t a Bad Place To Be’ proponía que el Infierno no era un mal lugar para estar. Y en verdad esto fue cierto para judíos, cristianos primitivos y ciertas tradiciones paganas más tardías, como la vikinga.
De hecho, dejando a un lado los textos apócrifos, es san Agustín quien sistematiza la materialización del dolor eterno en el inframundo. Él ya amenaza con la concretización del suplicio a través de la positivación de su moral ortodoxa. Sin embargo, el Hades, el Sheol o el Hel no solían ser destinos punitivos, solo un lugar de reposo, de silencio, de oscuridad y, en ocasiones, de sombras para la pacificación.
En la Edda poética de la tradición escandinava, fuente principal para el conocimiento mitológico nórdico, Hel es una hija de Loki (un personaje también muy ambivalente), además de un entorno inhóspito donde medra aquella, pero en ningún caso es un destino maldito o poco honorable. Esa visión negativa es muy tardía, posiblemente proveniente del sincretismo cristiano entre los vikingos. Como lo es contraponer el Hel al Valhalla en un régimen maniqueísta entre el mal y el bien, entre el infortunio y la dicha. Estos dos rumbos eran solo algunas de las ofertas vikingas, ni mejores ni peores que otras. O lo que es lo mismo, puede afirmarse que el Hel es un destino digno para el reposo definitivo, casi tanto como la morada de Odín o Freyja, de lo que se deriva que podríamos fijar ese territorio como el domicilio definitivo de satisfacción para la mujer vikinga en la hora de su muerte.
Snorri Sturluson es quien más desarrolla este territorio, aunque lo hace acercándose a él desde un paganismo tendente a ser absorbido por el cristianismo (puede que el hell inglés se relacione con el hiil vikingo), pero incluso en el cronista, la maldad de ese Infierno tampoco está del todo clara.
Para empezar el Hel vikingo está más allá de muchos mundos-reinos, y no en el sur, sino en el norte; seguramente en un tránsito hacia abajo. Snorri, cristiano, deja traslucir -como san Agustín- una retórica negativa de ese “Infierno”, donde además de niebla y oscuridad hay enfermedad, muerte y violencia. Lo que consigue es traducir y presentar el relato pagano bajo una óptica de código binario, el marco de referencia de antagonistas tan presente en la retórica occidental. Esa connotación moralizante es una licencia tardía e interpolada, no está en las fuentes poéticas y en los relatos escáldicos, donde se nos presenta un panorama bien distinto: el Hel como un destino de preservación, no de tortura. Prueba de ello es que al más querido y amado de los dioses, Baldr, le espera en la vejez un lugar de privilegio y reposo en el Hel. Y esta profecía pretendía ser halagüeña.

Es curioso que en la tradición primitiva judaica y cristiana, el Infierno no fuera un entorno de venganza por las faltas cometidas, sino en el peor de los casos un ambiente de reposo, calma y de purificación pedagógica. Esta versión es la que propone Orígenes, uno de los padres de la iglesia, quien ve el Infierno como un lugar purgativo y temporal.
La diosa Hel, además, pasó de ser una mujer hermosa, a ser horrible. Y si a ella la desfiguraron, también lo hicieron con su reino, el Helheim, donde debían haber espléndidos palacios subterráneos y una atmósfera de recogimiento. Allí estaba el Niflheim, un territorio alejado de las disquisiciones del poder de los dioses y un lugar sagrado, pues es allí donde se incrustan las raíces del Yggdrasil, fuente nada menos que de vida.

De tal forma que en la actualidad el Infierno malvado, ya incrustado en nuestro subconsciente como el peor de los lugares posibles, no es más que una superposición tardía e interesada que disfraza y simplifica una realidad mucho más compleja, la de una morada meramente invisible y alejada del ruido para vikingos, cristianos primitivos y, tal vez, nosotros.
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