En el siglo IX, en plena expansión vikinga por los ríos y costas de Europa —especialmente por el norte— la península ibérica terminó por llamar la atención de los navegantes escandinavos en torno al año 844, quienes hace 1.181 años pisaron y saquearon Sevilla hasta que un ejército local se organizó para hacerles frente y derrotarlos.
Precedentes de la invasión vikinga de la actual España
El comercio y las rutas fluviales fueron las arterias de una diáspora vikinga que explotó definitivamente en el siglo VIII, penetrando durante las siguientes centurias en el corazón del Viejo Mundo y la historia altomedieval, lo que alteró completamente su curso. En la Europa continental fue su septentrión quien más recibió el impacto de los pueblos del norte, sin embargo, las ansias de exploración de nuevas rutas y riqueza empujó a muchos aventureros y caudillos escandinavos hacia otras latitudes, por ejemplo, hacia las riquezas de los reinos ibéricos y de Al-Ándalus, algo documentado desde mediados del siglo XI.

Los hechos, de Francia a Cádiz, Lisboa y el saqueo de Sevilla
Antes de la mítica expedición vikinga del legendario Björn Ragnarsson, apodado Costado de Hierro, hubo otra, que marcó la pauta del supuesto hijo de Ragnar Lodbrok. Esta primera sucedió, como digo, en el año 844, momento en el que una flota norteña salió desde Noirmoutier —en el Atlántico, junto al norte del golfo de Gascuña y la desembocadura del Loira— rumbo sur, hacia la actual España, donde se dedicó al pillaje y el asalto de las costas ibéricas, dejando su impronta desde los reinos cristianos hasta el meridiano peninsular, quizá con Córdoba como objetivo ambicioso.

Entre medias saquearon plazas tan importantes como Cádiz o Lisboa, entre otras, adentrándose en Sevilla a través del Guadalquivir. Allí fue donde impactaron con dureza. Durante siete días, cuenta Muhammad al Razi, camparon a sus anchas por tierras andaluzas hasta que el emirato cordobés, con Abderramán II al frente, convocó a su ejército y salió a su encuentro en la isla Menor. Conducidos por los musulmanes hasta Tablada, las fuerzas andalusíes masacraron a las huestes vikingas un 11 de noviembre de 844, con tanta furia, que colgaron sus cuerpos de los árboles. De aquella batalla quedaron pocos supervivientes de los pueblos del norte, pero los hubo y se echaron rápidamente a la mar.
Esos supervivientes serían clave, pues se llevaron a las altas tierras escandinavas la semilla de una réplica.
El regreso, con un ejército más poderoso y el hijo de Ragnar Lothbrók
Probablemente las narraciones de aquellos que salieron vivos de esa expedición por tierras sevillanas terminaron por alimentar más ansias de aventuras de cuantos escuchaban esa gestas en las tabernas de los asentamientos norteños, siendo así que poco después, en el año 859, Björn Costado de Hierro —como digo, hijo del mítico y controvertido héroe vikingo Ragnar Lothbrok, protagonista de la serie Vikings— tomaría el testigo, regresando para saciar su sed de ambición.
Björn también siguió la ruta de aquella primera expedición, aunque con la lección aprendida. De nuevo el ejército invasor salió del Loira hacia el Mediterráneo, pero esta vez llegando a saquear ciudades no solo de las actuales Francia y España, sino alcanzando puertos y riquezas más lejanas, como las de Italia, de donde regresó con éxito.
Aunque esa es otra historia que conté en su día…
Foto portada, fuente: La Razón
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