El miedo tiene diferentes niveles, diferentes grados, y los más profundos y aterradores se presentan ante el individuo una o dos veces en la vida. Por eso solo los necios entre los poderosos ignoran que esos instantes llegarán, de modo que el sabio pudiente bien hace en usar su influencia para tratar de estudiar las señales del terror futuro. Muchos de los personajes más fuertes de la historia han sido conscientes de esa futilidad humana frente a los miedos ancestrales, de su debilidad frente a esos hitos heladores, por eso varios de ellos se sirvieron de canalizadores que pudieran mostrarles los caminos fáciles del porvenir. Quizá las vías menos dolorosas.

Otra cosa es que escogieran bien a sus magos o adivinos. Sin ir más lejos, en las cortes de Inglaterra y Rusia hubo dos guías espirituales de enorme influencia y, al menos uno, de dudosa eficacia.

Ese afán por controlar incluso lo incontrolable le va implícito a los gobernantes. Ya Cicerón nos habló de la necesidad romana de leer el vuelo de los pájaros, o lo que es lo mismo, de adivinar los auspicios, antes de iniciar cualquier empresa. Los vikingos acudían a los seidr para ver los tránsitos y señales de la magia y el destino en los negocios, la toma de decisiones o la guerra. Hoy, sin embargo, me quedo con dos personajes místicos dentro de las monarquías inglesa y rusa, por ese orden.

El matemático ocultista

Viajero tenaz, sabio, matemático o astrónomo, John Dee (1527-alrededor de 1609) tenía una incansable hambre de conocimiento que lo llevó a interesarse por multitud de saberes y a reunir una ingente biblioteca (de cerca de 2600 volúmenes) en su residencia de Mortlake (Inglaterra). Fue experto en álgebra, navegación, astronomía (y astrología) o física, pero, a la vez, fue erudito de capas más profundas y vedadas del conocimiento, adentrándose en la alquimia, la magia, la adivinación y el hermetismo.

Junto a ello, fue un hombre muy capaz y ambicioso, prueba de tal cosa la tenemos en su ascenso meteórico en los estamentos de su época, especialmente notables fueron sus funciones como consultor de Rodolfo II, para el que realizaba adivinaciones, o sobre todo como tutor de la reina Isabel I, a la que sirvió como asesor político y espiritual. Sin ir más lejos, a él se atribuyen los pronósticos meteorológicos en la ‘victoria’ inglesa sobre la Armada Invencible de España y Felipe II, en 1588.

Anécdotas sobre Dee hay infinitas, tantas como leyendas se han interpretado e interpolado de él dentro y fuera de suelo británico. Por ejemplo, sí es cierto que pronosticó la muerte de la madre de su protectora, María de Escocia, y que ello le llevó a la cárcel. También que se contaba como un cristiano fiel, inquieto por descubrir los designios divinos, haciendo hincapié en el funcionamiento del universo. Otra leyenda que alimenta sus propósitos incasables es la que le relaciona con Gerolamo Cardano y el diseño de la máquina del movimiento infinito.

Dee en la corte de Isabel I (F: Wikipedia)

En la corte, Dee tuvo mucho peso, quedando para el recuerdo sus dotes ocultistas, que eso sí cultivó con mayor fuerza en su etapa madura. Sobre ello, era especialista en la observación de la superficie de los líquidos como método de adivinación.

Con todo, cansado de los enredos cortesanos y de que la ciencia no respondiera a los grandes enigmas del universo, se acercó más al lado oscuro, el de las ciencias ocultas, donde halló colaboradores notables, especialmente en la figura del (posiblemente) farsante Edward Kelley, con quien, entre otras cosas, desarrolló una forma de comunicación con los ángeles, el lenguaje enoquiano. Kelley seguramente embaucó a Dee, le robó a su esposa y ambos fueron expulsados de Praga, de la corte del Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y ya con Kelley desaparecido, a su vuelta a la capital inglesa, Dee se vio sin apoyos ni crédito y para colmo alguien había destrozado su colección londinense. Su ascenso vertiginoso iba a ser proporcional a su caída. A la muerte de Isabel I, quién sí lo ayudó antes de morir, perdió el favor real por parte del nuevo monarca, Jacobo I, y su final lo atrapó solo y arruinado.

Ahora bien, tampoco hay nada certificado (ni su fecha) sobre su adiós definitivo, básicamente porque los hechos que rodean al desenlace del matemático nacido en Tower Ward son sumamente inquietantes: no hay actas de defunción y su lápida simplemente ha desaparecido.

El monje loco

Fuera miembro de la secta de los jlysti o no, llevara a cabo los rituales extáticos de estos o no, lo cierto es que las prácticas religiosas de Grigori Yefímovich Rasputín, sus danzas, cánticos y ritos orgásticos, y su extrema naturalidad a la hora de explotar la espiritualidad le llevaron a progresar rápidamente.

Desde su viaje a Kazán y por intercesión del archimandrita Feofán, pronto pudo influir en las altas esferas rusas, y de ahí, en la corte de los Romanov, en la Rusia de los zares. Rasputín intercedió varias veces en beneficio del heredero al trono de Nicolas II, que era hemofílico, y, habiendo impresionado al emperador y la emperatriz, Alejandra Fiódorovna, se ganó su confianza, hasta el punto de que ambos, pero especialmente la esposa del zar, defendían su honorabilidad en cualquier rincón. Lo cual no era sencillo debido a sus excesos.

Pero la situación de Rusia era calamitosa ya entrado el siglo XX, tornándose en dramática durante la I Guerra Mundial, cuando la zarina y Rasputín asumieron los asuntos del Estado ante la ausencia del zar, que lideró al ejército en la Gran Guerra. Por entonces Rasputín ya era mal visto por la mayoría de las altas esferas y por el pueblo, más aún debido a sus opulentos caprichos y vicios, que eran ilimitados. Con el imperio devastado y hastiado, vuelto cada vez más contra los gobernantes y al filo de la que sería la Revolución Bolchevique (revolución de octubre de 1917), el príncipe Félix Yusúpov orquestó su asesinato, que se produjo en 1916.

No obstante, también el monje loco tuvo un final solemne y misterioso. Al marchar el zar al frente de la Gran Guerra y ante la creciente animadversión a su figura en la corte y el gobierno, pronosticó que, si él era asesinado por la familia del zar, ni el monarca ni su familia vivirían más de dos años, cosa que se cumplió: los Romanov fueron asesinados en la Casa Ipátiev el 17 de julio de 1918.

Rasputín y seguidores suyos en San Petersburgo (F: Wikipedia)

Por supuesto que hay más ejemplos de místicos insertos en las cortes europeas, y si los hay es porque a veces percibimos aquellos rincones oscuros que yacen esperando a cada uno desde el principio de los tiempos, esos que son comunes a la especie y están insertos en nosotros desde el vientre materno, sea cual sea la ascendencia de la persona. Apelar a lo insondable, ver lo inevitable acercarse, tocar sus puertas -sea a través de la vejez, la muerte o la empatía- y, en definitiva, rozar ese horror es despertar el hondo pánico dormido desde la ancestralidad dentro cualquier ser humano.

Y cuando alguien o algo remueve la tierra y emanan los pavorosos niveles inferiores, ¿quién no quisiera tener al destino de su parte?


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2 responses to “Malos augurios, de la Armada Invencible a la Revolución bolchevique: 2 místicos en la corte de Inglaterra y Rusia”

  1. […] hay elementos secretos en el último adiós (ahí están los ejemplos, recientemente narrados, de John Dee o Jim Morrison). Sin ir más lejos, en el siglo XX hay 4 personajes que existieron, fueron reales, […]

  2. […] señor de Nortumbria, fiel conde al servicio de Canuto El Grande (rey de Dinamarca, Noruega e Inglaterra) y posiblemente pariente del mismo Duncan y de Ulf Thorgilsson, jarl danés. Eso sí, Siward […]

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