Durante los primeros años del siglo XIX, los pueblos y culturas nativas norteamericanas arrastraban ya una larga y sangrienta batalla por mantener su estilo de vida ante la injerencia colonial europea. Sin embargo, los conflictos extranjeros hicieron emerger al peor enemigo posible para los indios, una nación salida del vientre anglosajón (13 colonias) y con una voraz sed imperialista: Estados Unidos. Pronto España, Inglaterra y, sobre todo, las tribus indias iban a descubrir en el conflicto de los Bastones Rojos que la idea expansionista estadounidense sería inagotable e implacable.

La primera lágrima de muchos, los creek

Alrededor del actual estado de Alabama vivían los creek, una tribu excepcionalmente occidentalizada, con estilos de vida similares a los colonos e incluso, en parte, cristianizados. Con todo, su situación geográfica los situaba en medio del repliegue colonial español, francés e inglés contra el crecimiento estadounidense, es decir, en una encrucijada y ese fue el inicio del exterminio nativo por parte de estos últimos. Empezó como excusa ante la utilización europea de los indios contra Washington. Esa percepción tornó a los pocos años en una determinación más dramática.

La pérdida de la Florida por parte de España ante unos Estados Unidos que acababan de vencer definitivamente a Gran Bretaña en la Guerra de 1812, finalizada en 1815 (a su vez, tras haber obtenido su independencia de la metrópoli en 1776), hizo que los españoles y los ingleses intentaran a la desesperada involucrar a la Confederación Creek en contra de Estados Unidos y su afán de agigantarse territorialmente. Y junto a ellos se movilizó el líder shawnee Tecumseh, ya en pie de guerra contra la propagación de colonos estadounidenses en las tierras tradicionales indias.

Pero eso era justo lo que necesitaba Estados Unidos para iniciar la limpieza étnica sin paliativos y, a la vez, llevar a cabo la apropiación territorial del suelo sagrado indígena. Esta política de EE.UU. estaba inserta en su idiosincrasia fundacional y quedaba justificada bajo una nueva forma de soberanía territorial expansiva.

Los Red Sticks (bastones rojos) eran una facción de la nación muscogee (Creek) que se oponía ferozmente a la asimilación cultural y al robo de tierras por parte de los colonos estadounidenses, y, también, una herramienta en manos de españoles e ingleses contra Estados Unidos. Así, los bastones rojos entraron en conflictos locales con los colonos y creek leales, desarrollándose escaramuzas y violencia esporádica entre los dos bandos, pero EE.UU. se aprovechó de la situación para, a través de propaganda y un discurso de antagonistas, o lo que es lo mismo, de civilización frente a barbarie, justificar un acto de violencia desmedida contra todo nativo insumiso para apropiarse de las tierras que deseaba.

Y este modus operandi no sería esporádico, sino desde ese momento la táctica de conquista y expansión por Norteamérica de EE. UU., precedente de futuras campañas indias. Los creek solo eran un cabeza de turco.

El general Andrew Jackson, que luego sería presidente, fue el polémico propulsor de esta dinámica predatoria contra los creek y, a partir de ahí, contra todo indígena y sus tierras; una constante en las mal llamadas Guerras Semínolas y, en general, en las Guerras Indias, denominadas así solo por la historiografía estadounidense.

Indígenas del pueblo creek (F: meisterdrucke)

Tras ello llegaría James Monroe y su doctrina, tan en boga últimamente. Lo cierto es que si nos paramos un segundo aquí hallamos la clave del histórico colonialismo racial estadounidense, donde en el ‘América para los americanos‘ se puede leer el objeto real: los americanos solo son los Estados Unidos, que por entonces no eran ni los indígenas ni las poblaciones no blancas. Con el despojo a los españoles de Florida en 1819 se pasó sin trabas a la colonización y genocidio indígena, aunque el llamado ‘Destino Manifiesto’ que articulaba esta intención se formularía explícitamente más tarde, a partir de la década de 1840.

El mundo está equivocado, Dios es americano

Aquello que aparecía en la bíblica Epístola de Pablo (Romanos 8:31), “Si Dios es con nosotros, ¿quién contra nosotros?”, y que, reinterpretado en clave providencialista, fue usado por los ingleses desde el siglo XVII para justificar su anticatolicismo y su insaciable colonialismo a través de la divina providencia y la superioridad racial, también constituyó el germen del pensamiento análogo estadounidense. Si John Aylmer afirmó que Dios era inglés y que los enemigos de Inglaterra eran enemigos de Dios, y John Locke, padre del liberalismo, justificó toda acción bélica y de apropiación inglesa —incluida la esclavitud—, sus herederos coloniales puritanos, George Washington o Thomas Jefferson, llevarían el exterminio o expulsión de los indígenas al frente de sus proyectos políticos y económicos. Y así fue.

Andrew Jackson promulgó en 1830 los traslados forzosos y la reclusión india mediante la ‘Indian Removal Act‘, y, en consecuencia, la destrucción de los modos de vida y territorios de los nativos. Estados Unidos, poco a poco, asentó jurídica y militarmente una limpieza étnica vastísima e institucionalizada. Porque, como Inglaterra, EE.UU. jamás pensó en mezclarse o integrar a los indígenas, a los que presentó como infrahumanos.

Para desposeer del indigenismo al indígena había que borrar las huellas de su historia. Ulysses Grant creó redes de adoctrinamiento de indios, mediante las ‘Peace Policy‘, cuya función real trataba de purificar a los nativos y sus hijos de su cosmovisión. Lo que en tiempos modernos se entiende en la historiografía como etnocidio o genocidio cultural. A efectos se prohibieron sus lenguas, expresiones culturales y formas de vida, y cada cosa se hizo en aras de la razón del progreso liberal estadounidense y sus valores universales y moralmente superiores.

Esos que aún hoy se invocan en la tierra de los libres y el hogar de los valientes


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